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Cuando los pintos derrocaron a Santa Anna.

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Cuando los pintos derrocaron a Santa Anna.

Mensaje por La Teniente Roca el Marzo 27th 2013, 23:24

Cuando los pintos derrocaron a Santa Anna.

27 de marzo del 2013
Por Arturo Mendoza Mociño

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México, 27 de marzo.- Quinceuñas. Así apodaban sus malquerientes a Antonio López de Santa Anna por haber perdido la pierna izquierda en 1838 tras expulsar una escuadra francesa que se apoderó brevemente de Veracruz y porque en sus tantos delirios de grandeza enterró su heroico miembro en el Cementerio de Santa Paula con todos los honores que se le ocurrieron: un pomposo Te Deum en la Catedral metropolitana, salvas de artillería, niños cantores y vitoreantes que cuanta escuela pudiera proporcionar, cadetes del Colegio Militar y, de broche de oro, relata Enrique Krauze en su libro Siglo de caudillos, un orador que dejara caer sobre el lujoso cenotafio y los venerados huesos unas palabras que evocaban a los vencedores de Maratón y de Platea, a los Manes de Tarsíbulo, Harmodio y Timoleón, no sin antes declarar que el nombre del guerrero que perdió los territorios de Texas, California, Arizona, Nuevo México, Colorado ante Estados Unidos, duraría hasta el día en que el sol se apague y las estrellas y los planetas vuelvan al caos donde durmieron antes.

Quinceuñas cultivaba la megalomanía y tras varias presidencias —16 de marzo-1 de junio, 18 de junio-5 de julio y 28 de octubre-4 de diciembre de 1833; 24 de abril de 1834-27 de enero de 1835 y 18 de marzo-9 de julio de 1835; 9 de octubre de 1841-25 de octubre de 1842; 5 de marzo-3 de octubre de 1843; 4 de junio-11 de septiembre de 1844; 21-31 de marzo y 20 de mayo-15 de septiembre de 1847; y 20 de abril de de 1853-9 de agosto de 1855— se cansó de desempeñar ese cargo y se asumió como dictador y exigió que le llamaran Su alteza serenísima.

Ese mulato nacido en Xalapa, Veracruz, en 1795, de hermosos ojos negros y de suave y penetrante mirada, era El seductor de la Patria y también le encantaban los gallos y apostar como poseso. Por eso, como relata el joven cronista Guillermo Prieto, Su alteza, aburrido de sus deberes presidenciales, se iba a esa otra sucursal del Palacio Nacional que era la gran plaza de gallos de San Agustín de las Cuevas, al sur de la Ciudad de México.

Allí “Santa Anna era el alma de este emporio del desbarajuste y de la licencia. Era de verlo en la partida, rodeado de los potentados del agio, tomando del dinero ajeno, confundido con empleados y aun con oficiales subalternos; pedía y no pagaba, se le celebraban como gracias trampas indignas y cuando se creía que languidecía el juego, el bello sexo concedía sus sonrisas y lo acompañaba en sus torerías… Allí presidía Santa Anna… conocía al gallo tlacotalpeño y al de San Antonio el Pelón o Tequisquiapam, daba reglas para la pelea de pico y revisaba… que estuviesen en orden las navajas de pelea… Había momentos en que cantor de gallos, músicas, palmadas y desvergüenzas se cruzaban, en que los borrachines con el gallo bajo el brazo acudían al jefe supremo y éste reía y estaba verdaderamente en sus glorias en semejante concurrencia”.

No era de extrañar que su gobierno estuviera en bancarrota y que, en una medida despótica y desesperada, impuso nuevos impuestos por el número de ventanas y puertas de las viviendas de la ciudad de México y en muchos rincones del país se lanzaba esta adivinanza:



Es Santa sin ser mujer,

es rey, sin cetro real,

es hombre, más no cabal,

y sultán, al parecer.

Que vive, debemos creer:

parte en el sepulcro está

y parte dándonos guerra.

¿Será esto de tierra

o qué demonios será?



Todo cambiaría para él y para México el primero de marzo de 1854 cuando estalló la Revolución de Ayutla bajo el mando de los liberales Juan N. Álvarez (1790-1867), Florencio Villarreal (1806-1869) e Ignacio Comonfort (1812-1863). Álvarez era un veterano insurgente que peleó por la emancipación mexicana de España al lado de José María Morelos, Villarreal era un joven coronel y Comonfort, alumno de jesuitas, era un criollo rico que fue alférez de caballería de Agustín de Iturbide y que poseía grandes dotes constructivas y conciliadoras que quedaron plenamente demostradas cuando fue comandante militar y de gobierno en la conflictiva región de Tlapa, Puebla.

Desde Guerrero se escuchó el hartazgo de la nación a través del Plan de Ayutla donde se desconocía al gobierno de Santa Anna y se proponía la creación de un congreso constituyente que estableciera una presidencia interina de corte liberal y una nueva constitución que, tras años de batallas, terminaría siendo promulgada y conocida como la Constitución de 1857. En ella se propone una forma federal de Estado y forma representativa y republicana de gobierno. Y es facultad del gobierno regular los actos de culto público y la disciplina eclesiástica, suprimir al vicepresidente y ampliar los capítulos de libertades individuales y sus garantías. También fueron declaradas libres la enseñanza, la industria y el comercio, el trabajo y la asociación.

Orgullosos hombres libres

El Ejército Restaurador de la Libertad tan sólo tenía 500 hombres entre sus filas y, de manera despectiva, Santa Anna y sus afines los llamaron Los pintos, como eran apodados los guerrerenses desde tiempos virreinales debido al mal de pinto que era endémico de la región.

Pero esa no era la única peculiaridad de los alzados porque entre ellos había además mulatos y negros también comunes en esa zona. Más bien, lo que distinguía a esos revolucionarios era su atuendo que, poco a poco, se fue imponiendo a otros alzados en otros rincones del país hasta convertirse en un representativo uniforme y en un no menos representativo apelativo.

Los chinacos eran hombres de clase baja que usaban sombreros de alas anchas, vistosos sarapes, rojos pañuelos anudados a la cabeza como los usaba Morelos y calzón de manta largo cubierto con un pantalón de gamuza que poseía amplias aberturas a los costados, las cuales eran abrochados por botonaduras y que se llamaron desde entonces chaparreras. Completaba su atuendo de faena, pues muchos se ganaban la vida como vaqueros, una reata de ixtle para lazar reses. Para combatir empuñaban una letal lanza cuando se lanzaban a la carga.

Otros elementos de ese atuendo persisten en el traje del charro contemporáneo como la montura adornada con trabajo de talabartería, cincho, arciones anchas y gran fuste tipo Silao, ya de medio queso, ya de queso completo. Varios de esos elementos fueron copiados después por los colonizadores anglosajones de los territorios arrebatados a México.

Un poema de Amado Nervo alaba la bravura de “Guadalupe, la Chinaca” y da varias pistas del origen de este nombre porque, a las mujeres de estos hombres, las soldaderas o adelitas del siglo XIX, las apodaban como las chinas y, en contraparte, a ellos se les llamó chinacos en referencia, apuntaba el también poeta Andrés Henestrosa, a un insecto llamado chinacastle, de alargadas patas flacas. La imagen del chinacastle empata con la imagen del chinaco en su montura, enrebozado y con las pantorrillas al aire que luego fueron poblándose de botones de plata hasta derivar en otro nombre con el que se les conocía: Los plateados.

Ellos y ellas fueron parte de las diferentes batallas que se dieron en el país después de la Revolución de Ayutla como en la Guerra de Reforma (1857-1860) y la Intervención Francesa (1862-1867) donde se distinguieron por su intrepidez y por asestarle varias derrotas al ejército francés, pero no por su coherencia ideológica pues los chinacos pelearon tanto para liberales como conservadores.

No en balde se asumían como hombres libres que fueron alcanzando, gracias a su carácter y bravura en el campo de batalla, mayores libertades. La primera de ellas fue tener la propiedad de sus monturas, derecho reservado nada más a los españoles durante el virreinato, y que ahora, gracias a los sucesivos combates en los que participaban, ya eran orgullos jinetes que mostraban ante los demás su independencia personal.

Los primero chinacos, comandados por Álvarez, defendieron el 19 de abril de 1854 el fuerte de San Diego en Acapulco. Eran nada más 500 hombres frente al ejército de Santa Anna compuesto por cinco mil hombres. El dictador fracasa porque sus soldados fueron desertando porque habían sido integrados por leva o porque las enfermedades tropicales se cebaron en ellos. Humillado, Santa Anna retornó a la capital, pero en el camino destruyó cuanta población o hacienda apoyó el Plan de Ayutla. Todas las fincas de Alvarez y de otros simpatizantes liberales fueron requisadas, y se dispuso que cualquier persona que tuvieran en sus manos el Plan de Ayutla o cualquier tipo de armamento fuera ejecutado sin miramientos.

Pero el afán libertador corría como pólvora y ganaba adeptos por todo el país. Epitacio Huerta, gobernador de Michoacán, es el primero en sumarse a la revolución y luego lo harían Tamaulipas, San Luis Potosí, Jalisco, México y Guanajuato.

También la naciente burguesía liberal se unía al descontento de las masas populares, hundidas en la miseria, y atenazadas por la leva y el fardo de los impuestos absurdos y desesperados de Santa Anna.

Desde el destierro en Estados Unidos, Melchor Ocampo y Benito Juárez, ex gobernadores de Michoacán y Oaxaca, respectivamente, apoyan a los alzados y esperan el momento para regresar al país y poner en práctica el modelo liberal de los vecinos del norte, más federalista que centralista, el cual se hacía patente en un pujante desarrollo económico y en libertades individuales donde destacaba la libertad religiosa y, por ende, la separación Iglesia-Estado para consolidar un Estado laico.

Esos anhelos iban contra el corazón mismo del régimen santanista, más inmovilista que progresista, y uno de sus mayores aliados: la jerarquía eclesiástica que se había beneficiado de su cercanía con el dictador. Las posesiones de la Iglesia católica no habían menguado en los sucesivos conflictos del convulso siglo XIX sino se habían incrementado. Habían sobrevivido a la debacle española, las distintas querellas entre los jefes insurgentes sobrevivientes, la intervención estadounidense, pero no ocurriría lo mismo cuando Benito Juárez se hiciera del poder e impulsara las Leyes de Reforma y enfrentara la invasión francesa. Más guerra, más muerte se cernían todavía sobre México en esa época que el historiador Luis González y González llamó con justeza El siglo de las luchas.

Mexicanos al grito de guerra

El seductor de la Patria usó sus mejores hombres contra los alzados y cuando la voz de las armas falló recurrió a la demagogia. Las celebraciones patrióticas y religiosas se multiplicaron para mantener su gobierno y engatusar a quien se dejara.

Convocó a los patriotas para escribir un himno nacional y el nombre del ganador fue dado a conocer el 11 de septiembre de 1854. Se trataba de Francisco González Bocanegra, quien incluye en su obra una estrofa donde Santa Anna recibe trato de héroe nacional, un tanto inspirado en la destreza de esa máquina de matar que era Aquiles, el griego cantado por Homero, y que el dictador escuchó arrobado cuando el himno fue estrenado el 15 de septiembre de 1854:

Del guerrero inmortal de Zempoala

te defiende la espada terrible,

y sostiene su brazo invencible

tu sagrado pendón tricolor.

El será del feliz mexicano

en la paz y en la guerra el caudillo

porque él supo sus armas de brillo

circundar en los campos de honor.



Esos versos han desaparecido como otras proezas militares del veracruzano porque los alzados triunfaron a pesar de ser pocos, estar mal pertrechados y por no contar con dinero para comprar armas y pagar a los combatientes. Aún así, en Michoacán, los jaliscienses comandados por Santos Degollado ponían en aprietos a las tropas santanistas cada vez más hartas de los delirios de Su Alteza Serenísima, quien en otro delirio político convocó a un plebiscito para que los ciudadanos le dijeran si seguía al frente de la presidencia o se la entregaba a otra persona. Para su sorpresa, rayando en la candidez, Santa Anna se entera que son más los que quieren que se vaya y deje el cargo a Álvarez, que los que lo siguen queriendo como guía nacional. Tras apresar a esos insolentes votantes, por decreto suyo, el 1 de febrero de 1855, la Nación decide la permanencia de Santa Anna en el Poder Ejecutivo y parte otra vez al sur para acabar con sus enemigos, pero no acaba con ellos, ni en Michoacán ni en Guerro, y nada más consigue replegarlos para retornar otra vez a la capital fingiéndose victorioso.

En Nuevo León, Santiago Vidaurri cosecha victorias a favor de los revolucionarios. Ignacio de la Llave toma Orizaba, Veracruz. Y los liberales oaxaqueños se hacen del control de Tehuantepec. Los aliados conservadores se empiezan a impacientar con Santa Anna y lo considera inepto para controlar el país sobre todo cuando se enteran que el grueso de los hombres de Álvarez eran campesinos pintos y no soldados profesionales. Allí nace la idea de que México requiere una monarquía para ser gobernado y poner fin a tanta insolente revuelta de clases bajas. Un despistado austriaco, Maximiliano de Habsburgo, aceptará la corona del Segundo Imperio Mexicano de manos de los embaucadores conservadores.

En tanto, Benito Juárez pone fin a su exilio en Estados Unidos en julio de 1855 y llega a Acapulco como consejero político de la insurrección. Un mes después los pintos de Álvarez y los neoloneses encabezados por Vidaurri acechan la capital. Santa Anna es ahora quien decide marchar al exilio el 9 de agosto de 1855, pero esta vez no será un destierro dorado y gozoso en islas caribeñas como ocurrió en años anteriores, sino que será un exilio de 21 años y podrá volver sólo a México para morir pobre y ciego el 20 de junio de 1876. Es tal el odio y burla que recibe el ex caudillo que su esposa, piadosa, contrata a quien puede para le pidan al derrotado guerrero el recuerdo de alguna de sus hazañas.

Tan pronto Santa Anna se embarca a su largo exilio una turba de desagradecidos, a los ojos del Guerrero de Zempoala, desentierran su pierna perdida, la misma que había sido homenajeada como momia egipcia, y la arrastraron por todas las calles de la capital hasta desaparecerla. Excitados con su osadía, los descontentos se fueron a la Plaza de El Volador y redujeron a guijarros la estatua del dictador como síntesis del papel militar del xalapeño en sus últimos años porque, como escribió José Fuentes Mares en su libro dedicado a Santa Anna, éste abandonó el palenque por la puerta de servicio, huyó por la noche de Palacio, siguió a la costa, y entregó el triunfo a los de Ayutla sin probar batalla, dejando en los conservadores la convicción de haber sido sólo sueño el brazo ejecutor de su programa.

La inminente llegada de los revolucionarios a la capital hizo que los conservadores, aliados de Santa Anna en distintos momentos, fingieran simpatizar con el Plan de Ayutla y nombraron a Martín Carrera como presidente interino durante 28 días porque las tropas conservadores salieron también de la ciudad ante el avance de la columna liberal que puso en la presidencia a Juan N. Álvarez, el 4 de octubre de 1855, y en cuyo gabinete estaban Melchor Ocampo, Benito Juárez, Guillermo Prieto e Ignacio Comonfort.

Así fue la victoria de los pintos que apoyaron la Revolución de Ayutla, aquella que atizó las diferencias entre liberales y conservadores en un país sumido en la ignorancia, donde sólo uno de cada diez sabía leer y escribir.

Y donde los adeptos al bando liberal, escribe el historiador Luis González y González, son personas de modestos recursos, profesión abogadil, juventud y larga cabellera. Mientras la mayoría de los conservadores eran más o menos ricos, de profesión eclesiástica o militar, poco o nada juveniles y clientes asiduos de las peluquerías.

La voz de las armas volvería a resonar entre ellos e incendiaría, una vez más, México.

Arturo Mendoza Mociño




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