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Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

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Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

Mensaje por El j0rge el Noviembre 8th 2009, 14:50

Recuerdo del primer mensaje :

El ejército a las órdenes del general Santa Anna avanzó con unos 6.500 hombres hacia el interior de Texas para intentar sofocar la sublevación de los colonos angloamericanos, derrotando a las fuerzas rebeldes que habían logrado el dominio de la mayoría del territorio de Texas durante el año anterior y capturando o poniendo en fuga al gobierno provisional que estos habían formado. Las dos posibles rutas de penetración pasaban respectivamente por los pueblos de Goliad y San Antonio de Béjar, por lo que los texanos habían dispuesto guarniciones con artillería en ambos como primera línea de defensa ante el ataque que preveían que podía llegar en la primavera.

Las tropas mexicanas que llegaron finalmente a El Álamo se estima que fueron unos 4.000 hombres a causa de las bajas por enfermedad y deserciones y las tropas que tuvieron que realizar otras misiones (exploración avanzada, guarniciones y fuerzas de protección de las rutas de abastecimiento). No todos ellos participaron en los combates, y una parte de la fuerza se destacó en dirección a Goliad ante las noticias de que podían llegar refuerzos desde allí. Su artillería estaba compuesta por 20 cañones de varios calibres, aunque parece que los más potentes (de 12 libras) llegaron hacia el final del asedio.


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1.-General Santa Anna
2.-General de brigada mexicano
3.-Comandante mexicano
4.-Capitan Caballeria de reserva mexicana

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1.  Oficial de infanteria Mexicana.
2. Private, infanteria ligera Mexicana.
3. Lancero, compañia presidencial Mexicana.
4. Soldado de Artilleria Mexicano.


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1. Cpl. Batallon Infanteria Mexicano Tres Villas.
2. Sargento 1º , Batallon Infanteria Mexicano Matamoros.
3. Granadero de infanteria Mexicano.
4. Fusilero de infanteria Mexicano.

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1. Sargento, Caballeria Regular Mexicana.
2. Tropa, Caballeria Ligera Mexicana.
3. Sapper, Caballeria Regular Mexicana.
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Del Álamo y la pérdida de Texas hasta la Guerra de los Perros: arde nuestra Águila Imperial

Mensaje por ivan_077 el Junio 1st 2014, 18:43


Polk’s Mexican War
By Edward G. Lengel

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The 1846—48 Mexican War redrew the political map of North America, effectively destroying Mexico as a powerful nation and bringing California and the Southwest into the United States. To many contemporaries the conflict seemed a justifiable expression of American “Manifest Destiny.” Modern commentators have been less kind. In her 2012 book, A Wicked War: Polk, Clay, Lincoln and the 1846 U.S. Invasion of Mexico, historian Amy Greenberg denounced the war as “an act of expansionist aggression.” Without question the results, both good and bad, were decisive.
It all began with Texas. The United States had sought to acquire the territory as early as the John Quincy Adams administration of 1825—29. Mexico rebuffed all purchase offers, but whites settled Texas in increasingly large numbers before the fall of the Alamo in March 1836. Outraged Texans then declared independence and went on to defeat General Antonio Lopez de Santa Anna’s Mexican army at the Battle of San Jacinto on April 21. Santa Anna signed the Treaty of Velasco, promising to persuade his government to recognize Texas’ independence, but the Mexican government repudiated the treaty.
For Texans of American extraction, the only means of settling the issue seemed to be annexation by the United States. In 1844 Democratic presidential candidate James K. Polk campaigned on a promise to annex Texas and the land west as far as California. Newspaperman John L. O’Sullivan reflected Polk’s ambitions, shared by many Americans, by coining the term “Manifest Destiny.” Whig Henry Clay was more cautious, however, echoing Northern concerns that Texas would enter the union as a slave state and tip the congressional balance against free states.
Polk narrowly won the ensuing election. Outgoing president John Tyler, interpreting the results as an endorsement of annexation, signed a congressional resolution on March 1, 1845, to make Texas part of the United States. Texans joyfully welcomed annexation. Polk, brushing aside the angry Mexican reaction, sent emissary John M. Slideil to Mexico City offering $25 million (though he was willing to pay up to $30 million) to buy Californiaand another $5 million to buy New Mexico, and seeking to formally establish the Texas border on the Rio Grande.
Polk assumed debt-ridden Mexico would accept Slidell’s offer, but just in case, he initiated secret plans to send white settlers to incite rebellion in the region. Acquiring the territory would inaugurate the United States as a Pacific power, enabling it to join in the burgeoning China trade and challenge Britain’s position in the Northwest. Polk also feared—with due regard— that inaction would encourage British and French economic and political designs on California and Texas.
Mexican President Jose Joaquin de Herrera had recently taken office and was in a delicate position. He and Polk both realized that continued intransigence would lead to war but feared to back down lest they court disfavor at home. Mexico refused to sell an inch of territory but Polk pushed on, ignoring warnings of the political turmoil over slavery that would inevitably result.
Texas became the 28th state on Dec. 29, 1845. Mexico, after another coup that overthrew Herrera in favor of the aggressively anti-American General Mariano Paredes y Arrillaga, threatened war. Polk, arguing that Mexico’s rebuff of Slidell provided a pretext for more forceful measures, ordered General Zachary Taylor to march his Army of Occupation to the Rio Grande. This was a provocative act, since Mexico insisted its northern border lay farther north along the Nueces River.
War had by this time become inevitable, and indeed it was popular on both sides of the border. The Americans confidently anticipated victory while the Mexicans—imagining the United States was too internally divided to fight effectively and that Great Britain might intervene in favor of Mexico—also expected to win the war. Mexican and American troops first clashed on April 25. After the battles of Palo Alto and Resaca de La Palma
—both decisive American victories—the United States declared war on May 13, and Mexico followed suit.
The Treaty of Guadalupe Hidalgo, which formally ended the war in February 1848, met all major American demands and provided a bonanza of new territory that carried Manifest Destiny to the Pacific. The consequences were both grand and catastrophic. While the conflict took the United States another step along the road to global power, it also set the stage for the Civil War by pushing the brittle American compromise over slavery toward open dispute. For Mexico the war resulted in the loss of 525,000 square miles of territory (not counting Texas) and wrecked the nation’s already fragile political system. And it may be that for some 21st century Mexicans, immigrating to the United States marks a return to the land of their ancestors.
Sacado de la revista Military History


Última edición por ivan_077 el Septiembre 1st 2014, 02:59, editado 1 vez

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"No hay mas diferencia entre los hombres que el vicio o la virtud" Jose Maria Morelos y Pavon.

No hay raza inferior; solo hay sujetos inferiores
Bendita se la muerte, porque a nadie le concede lo que no les da a todos los demas;alabada sea la muerte que se yergue piadosa ante el hombre que ha cumplido su deber.
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Re: Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

Mensaje por Lanceros de Toluca el Junio 1st 2014, 20:58

Lo unico realmente relevante es que por fin lo admita una publicacion gringa seria.

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Del Álamo a la pérdida de Texas y la Guerra de los Perros: la caída de nuestra Aguila Imperial

Mensaje por ivan_077 el Julio 27th 2014, 01:03

Aqui iré poniendo todo lo relacionado al episodio mas negro de nuestra historia nacional. se pide su colaboración.






La anexión de Texas

El territorio que enfrentó a México y Estados Unidos en 1846


Gerardo Díaz

Licenciado en Historia por la UNAM. Estudia el posgrado en la misma institución. Es investigador iconográfico de diversas publicaciones.

En sus últimos días, ci virreinato de la Nueva España contaba con un aproximado de 6.5 millones de habitantes y era el territorio más importante de las colonias españolas en el continente americano. Los enclaves mineros y agrícolas se concentraban en la región del centro y el desarrollo social de la ciudad de México era comparable al de las grandes capitales europeas.

En contraste, los territorios del Norte estaban casi despoblados. Sólo había algunas minas dispersas y pequeños poblados que España había establecido para impedir la intromisión de Inglaterra o Francia, e incluso como resguardo ante las constantes incursiones de los nativos a las rancherías. Sin embargo, las colonias británicas se independizaron mientras que Napoleón Bonaparte decidió abandonar sus pretensiones en América vendiendo en 1803 la Luisiana a los nacientes Estados Unidos, cuyos habitantes consolidaban su nación y aumentaban sus aspiraciones territoriales para una vida mejor.

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HENRY ARTHUR MOARDLE, BATALLA DE SAN JACINTO, OLEO SOBRE TELA, 1895: TEXAS STATE LIBRARY AND ARCHIVES COMMISSION


El “profundo sur” de Estados Unidos se convierte en uno de los principales centros agricultores en las primeras décadas del siglo xix, destacándose en la producción azucarera y algodonera, y se expande hasta la frontera con los dominios españoles al tiempo que las sucesivas revoluciones independentistas en América hacen viable la penetración de la Florida por individuos del joven país del norte. Ante tales circunstancias, España decide firmar en 1919 un tratado de límites con Estados Unidos llamado Adams-Onís, en el que la Florida es cedida a la Unión Americana a cambio de garantizar la propiedad del territorio texano, muy deseado por los agricultores estadunidenses.

Tras lograr su independencia, México sufrió para encontrar un sistema para gobernarse. La corriente liberal buscaba un desarrollo sin trabas en el comercio y la exportación, y por lo tanto, otorgar más libertades a las distintas regiones del país a través de un pacto federal, cuyos frutos económicos podían constatarse en el país vecino. El grupo conservador pretendía mantener el viejo sistema de intereses con un fuerte control desde el centro del país y con la Iglesia como principal factor de poder.

Por ello, la capital y sus alrededores se convierten en un punto necesario para hacer prevalecer la idea política y es también donde el Ejército se hace presente como eterno mediador del conflicto, abandonando el Norte de México y en general muchas políticas de desarrollo.

En esas circunstancias, Moses Austin llega a Texas en 1821 proveniente de Luisiana y recibe el permiso para crear un asentamiento en el cual hacer producir las tierras, basándose en el exitoso modelo esclavista muy propio del sur de Estados Unidos. Con su muerte, la tarea queda en manos de su hijo Stephen y pronto la nueva administración mexicana es consciente de la necesidad de colonizar con habitantes propios el vasto territorio en cuestión.


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Sin embargo, la afluencia de manos capaces para la monumental tarea no es cuantiosa, al mismo tiempo que emigrantes solicitan la oportunidad de hacer producir el territorio de la frontera nacional. Así que a partir de 1825 se les otorga el permiso “para el cultivo de los fértiles terrenos, la cría y multiplicación de los ganados y el progreso de las artes y el comercio”. Todo marcha armoniosamente, pues los colonos no tienen reparos en aceptar las leyes mexicanas e incluso colaboran con las autoridades en contra de filibusteros como el estadunidense Haden Edwards, quien ese año invade el poblado texano de Nacogdoches con la intención de declarar una nueva república —Freedonia—para apropiarse de la noche a la mañana de unos envidiables acres muy productivos, con la creencia de que serla apoyado por el resto de los colonos, los nativos o el gobierno estadunidense; cosa que no sucedería en ese momento.

Las acciones del punado de hombres de Edwards evocan la prudencia presidencial, pues ¿qué pasaría si algún colono poderoso decidiera realizar una acción similar? ¿Y si además tuviese el respaldo de un enemigo nacional como Estados Unidos, que en 1825 y 1829, por medio del ministro Poinsett, ya había insinuado y formalizado algunas ofertas por el territorio texano? Pensando en esto, el fin de la política pro migrante se intensifica y se fortalecen las restricciones aduanales.

Los texanos no reciben con agrado los cambios y se organizan en 1832, con Austin a la cabeza, para presentar al gobierno mexicano una serie de peticiones que consideran necesarias para su estadía en Texas, entre las que destacan la eliminación de la ley antimigratoria y la aplicación de los derechos aduanales, la separación de Texas y Coahuila en estados independientes y la formación de milicias para proteger a las colonias de los indios nativos; además de la siempre constante insinuación para que en sus tierras no aplicara la abolición de la esclavitud decretada por Vicente Guerrero en 1829, pues iba en detrimento de su productividad agrícola.

El gobierno cede en los temas migratorios, pero no así en la creación de las peligrosas milicias, la libertad de las personas ni en la separación del estado de Coahuila y Texas, pensado como un control para la migración texana desde la Constitución federal de 1824, e igualmente en las Bases de la reorganización de la nación mexicana, creadas en 1835 para instaurar el sistema centralista, derogando la anterior Constitución.


Independencia, anexión y guerra

La consolidación política del centralismo significo para muchos texanos el pretexto perfecto para dar por terminado su pacto con México, pues implicaba la intromisión de funcionarios designados desde México y eliminar las legislaturas locales. En 1836 colonos como Samuel Houston se involucraron más en la lucha separatista y solicitaron voluntarios con la promesa de otorgar cientos de acres al finalizar la lucha. Santa Anna acude en persona a sofocar la rebelión y en febrero su ejército se presenta a su victoria más destacada de la guerra en El Álamo. Esto no impide que el 2 de marzo los delegados de Texas declaren el territorio como una república libre, soberana e independiente, hecho que respaldarán con las armas en el lapidario revés santannista en San Jacinto el 21 de abril, con el que prácticamente sellan su independencia.
De 1837 a 1842 Texas es reconocido como país independiente por varias naciones. Sus relaciones comerciales son muy fructíferas a medida que los ingleses se interesan en su producción de algodón, pero los gastos efectuados en su defensa tienen a la economía en niveles menos que aceptables. Al mismo tiempo, su Congreso se divide entre expandirse como nación independiente hacia el oeste o integrarse a Estados Unidos, nación que también debate acaloradamente sobre esta incorporación.

Pese a todas las similitudes, algunos texanos eran independientes de los estadunidenses; prueba de ello es que su Congreso decidió la incorporación una vez finalizada la redacción de su propia Constitución en octubre de 1845. La lenta decisión de Estados Unidos para anexionar Texas a la Unión fue, muy probablemente, una medida precautoria de los estados del norte, antiesclavistas, para evitar fortalecer a los sureños con un territorio más a favor de su sistema.

(Nota de un servidor: no olviden que a pesar de las discusiones en el capitolio sobre el tema de la esclavitud había muchos grupos que apoyaban la anexión de Texas desde los estados del este de Estados Unidos)

Por su parte, el gobierno mexicano tiende en 1845 hacia la negociación para reconocer a Texas como república independiente, prefiriendo esto a su acoplamiento con Estados Unidos. Sin embargo, el cambio de discurso no es fructífero y en diciembre de ese año se formaliza la incorporación de Texas como un estado más, asumiendo el gobierno estadunidense todas las cuestiones que sobre esa frontera puedan surgir.

Entonces se moviliza a las tropas del general Zachary Taylor hacia el rio Bravo, la frontera que los texanos consideraban tener con México a pesar de que múltiples documentos y mapas indicaban que se trataba del rio Nueces, algunos kilómetros más al norte. Ante las inminentes acciones de guerra, el alto mando designa a! general Mariano Arista para la campana ante un ejército estadunidense que en ese momento no es la maquinaria bélica en la que en posteriores años se convertirá.

Es en esa franja de territorio disputado donde el 25 de abril de 1846 la caballería mexicana choca con una brigada del ejército estadunidense en el rancho de Carricitos, Tamaulipas (hoy en Texas), por lo que el presidente norteamericano James Polk argumentó ante su Congreso que los mexicanos han derramado sangre en suelo estadunidense y que únicamente la guerra podría garantizar el bienestar de sus connacionales.


(¿Quién dijo Putin?)


Así se inician las hostilidades formales y el 8 de mayo se da la primera gran batalla en el llano de Palo Alto. Testimonios indican que los estadunidenses ganan por la estrategia del mayor Samuel Ringgold, la cual consistía en movilizar constantemente la artillería por el campo de batalla. Al día siguiente, las tropas mexicanas se repliegan y en Resaca de Guerrero esperan a Taylor para enfrentarlo nuevamente. Este adelanta rápidamente su infantería y en combate cuerpo a cuerpo derrota a los mexicanos.

Por su desastrosa campana, Arista es destituido y se encomienda a! general Francisco Mejía proseguir la guerra. Todo indica que Monterrey será el sitio idóneo para presentar combate. De julio a septiembre el ejército estadunidense se posiciona y marcha en suelo nacional. Sus soldados testifican que bajo un sol extenuante, con escasa agua, desgastados por polvo y enfermedades, y más como hombres necesitados de supervivencia que como columna organizada, es como llegan a Monterrey.







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Fatídico asalto a Monterrey: la batalla

Mensaje por ivan_077 el Julio 27th 2014, 02:01




Fatídico asalto a Monterrey

Ahmed Valtier

* Egresado de Ia Universidad Regiomontana, ha sido investigador de la guerra entre México y Estados Unidos durante más de veinte años. Participó en el proyecto “Salvamento Arqueológico Fortín Tenería” del INAH en Nuevo León y en la creación de la “Ruta Histórica de Ia Batalla de Monterrey”, que localizó muchos de los sitios donde ocurrieron los combates. Es fundador y coordinador de la revista de historia Atisbo.

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En septiembre de 1846, al principio de una guerra que terminaría más de un año después, la ciudad de Monterrey fue atacada por el ejército norteamericano. Luego de cinco días de intenso combate los gringos pudieron izar la bandera de las barras y las estrellas sobre la Ciudadela, pero sólo rindiendo antes honores a la bandera del Águila y la Serpiente, que en manos de los defensores al mando de Pedro de Ampudia se retiraron con toda dignidad y en todo orden hacia Saltillo, a tambor batiente y con las banderas desplegadas.

Los relatos posteriores de la batalla la resumen como un llano triunfo de los conquistadores;  los combates librados casa por casa el 21 de septiembre demuestran lo contrario. A pesar de lo que pueda pensarse, los errores no fueron sólo de Ampudia: los errores de Taylor colocaron a la causa de su país al borde del abismo.


La invasión norteamericana comenzó en un mal momento para México. A las graves carencias económicas se agregaba tal desunión nacional que el gobierno era asaltado por continuos pronunciamientos militares. Precisamente, cuando en la capital mexicana se oyó el fuerte ruido de tambores de guerra que se alzaba desde Washington, a finales de 845, el presidente José Joaquín de Herrera dio la orden al ejército mexicano de reserva, estratégicamente ubicado en San Luis Potosí, de dirigirse a la frontera norte, dado que el general Zachary Taylor ya había instalado un ejército en Corpus Christi, Texas.


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No obstante la grave amenaza de una invasión, el general Mariano Paredes y Arrillaga desobedeció al presidente y, en lugar de reforzar Monterrey, con ese ejército de doce mil hombres —el único profesional y disciplinado— decidió dirigirse hacia la ciudad de México para derrocar al gobierno (la doctora Josefina Zoraida Vázquez relató minuciosamente estos acontecimientos en la edición de octubre de 2012 de esta revista).

A pesar de no contar con el apoyo del ejército de reserva, las tropas del Ejército del Norte, estacionadas en Matamoros, enfrentaron a Taylor en mayo de 1846 en Palo Alto y Resaca de la Palma (hoy Brownsville, Texas). Las derrotas en esos puntos obligaron a los mexicanos a abandonar Matamoros y replegarse hacia Monterrey. Durante los siguientes cuatro meses los yanquis montaron una serie dc campamentos a lo largo del rio Bravo, desde Matamoros hasta Mier, Tamaulipas, preparándose y recibiendo refuerzos para la campana de Monterrey.

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Por su parte, el comandante de las tropas dcl Norte, general Francisco Mejía, y su sucesor, el general Pedro de Ampudia, se dieron a la tarea de organizar la defensa de esa ciudad. Edificaron baluartes y fortines, levantaron murallas y cavaron trincheras en las bocacalles. Se llamaron a filas a todos los ciudadanos varones de 18 a 55 años para formar batallones de auxiliares y se decretó a la plaza en estado de sitio y sujeta a subordinación militar.

La campaña de Monterrey

El presidente James Polk entregó el mando de la invasión hacia el sur del rio Bravo al general Zachary Taylor, un rudo militar de 61 años, de piernas cortas y tórax ancho, con casi cuarenta años de servicio. El ejército norteamericano se internó en el territorio nacional con 6 250 hombres, diecinueve cañones, un centenar de carretas con provisiones y más de 1 500 mulas de carga. Estaba organizado en tres divisiones, dos de ellas integradas por tropas regulares, y otra con soldados voluntarios recién reclutados en los estados del sur.

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El sábado 19 de septiembre, a las nueve de la mañana, la sólida columna llegó a la planicie que se extendía frente a Monterrey y, para su sorpresa, fue recibida por un intenso fuego de artillería de grueso calibre que emergía desde el fuerte de la Ciudadela. El mensaje era claro: la ciudad, lejos de ser evacuada como Matamoros, sería defendida.

Comprendiendo que una gran batalla se encontraba ante ellos, los norteamericanos se replegaron a unos cinco kilómetros de distancia, al bosque de Santo Domingo, también llamado el Nogalar, en donde comenzaron a levantar sus campamentos. El cuerpo de ingenieros militares inició sus tareas de exploración alrededor de la ciudad, siempre alejados del alcance de la artillería, y al oscurecer las patrullas de reconocimiento se encontraban ya de regreso con sus observaciones y reportes.

Monterrey era una ciudad que contaba con importantes defensas naturales, excepto al Norte, donde una extensa planicie era custodiada por el fuerte de la Ciudadela. A espaldas de la ciudad se elevaba la Sierra Madre, en cuyo borde sur el rio Santa Catarina actuaba como un auténtico foso o trinchera. Hacia el poniente, en el cerro del Obispado, se encontraba el edificio homónimo con una guarnición militar. Pero lo que los ingenieros militares no pudieron vislumbrar al lado oriente fue una serie de fortines, como el de la Tenería, el del Rincón del Diablo y el de la Purísima, que defendían ese costado.

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Tampoco sabían que el general De Ampudia había establecido una línea de defensa interior alrededor de la catedral y la plaza principal, con muros, trincheras en las calles y parapetos con francotiradores. Todo esto convertía a la ciudad en “un perfecto Gibraltar”, como la describió un soldado norteamericano en una carta, refiriéndose a la famosa posición estratégica retenida por los ingleses al sur de España y que era considerada inexpugnable en esa época.


Preparando el ataque

Al día siguiente, después de una junta con los comandantes de su ejército en el campamento del Nogalar, el general Taylor tomó la decisión de atacar la ciudad dividiendo peligrosamente sus tres divisiones: la 2 División del general William Worth rodearía la ciudad por el norte y, cruzando campos y sembradíos, trataría de llegar al camino a Saltillo para cortar esa vía de posibles refuerzos y suministros para Monterrey. Dos mil hombres partieron alrededor del mediodía para realizar esta arriesgada misión.

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Para alejar la atención de los movimientos de Worth, Taylor ordenó instalar al Norte, a 1 200 metros de la Ciudadela, un mortero de diez pulgadas en una hondonada; era el único cañón de grueso calibre en su arsenal. Sin embargo, el trabajo acarreó dificultades cuando un aguacero cayó sobre la planicie. También la 1era División de Infantería del general Twiggs fue desplegada en línea frente a la ciudad en el lado oriente. El ejército mexicano permaneció a la expectativa bajo el aguacero, pero el ataque que parecía estar organizándose nunca llegó, y por la noche vieron con gusto cómo la División del general Twiggs finalmente se retiraba hacia el Nogalar.

Esa noche, el general Taylor recibió un mensaje de Worth en el cual le informaba que ya se encontraba a pocos kilómetros del camino a Saltillo. Le solicitó que al día siguiente tratara de distraer la atención del ejército mexicano mientras lograba completar su misión.

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Una solemne quietud prevalecía sobre Monterrey y sus alrededores. Tanto las tropas mexicanas como las estadunidenses presentían que aquella noche era la víspera de la batalla. En el Nogalar el mayor Philip Barbour, del 3° Regimiento de Infantería, escribió en su diario personal: “Me siento tan calmado y tranquilo como si estuviera en la Casa Astor .‘ Esas serían sus últimas líneas.




El error de Taylor

Desde muy temprana hora del lunes 21 de septiembre, los tambores comenzaron a llamar “a las armas” y rápidamente los regimientos en el Nogalar fueron formados. A la distancia, el estallido de los cañones mexicanos ubicados en la loma del Obispado anunciaba que Worth ya estaba en acción.

Sin mayor dilación, Taylor ordenó que la División de Twiggs se desplegara en la llanura norte, frente a la ciudad, en espera de nuevas instrucciones, también en protección del mortero en la hondonada. Sin embargo, aquella mañana el general Twiggs no pudo acompañar a sus tropas debido a una dosis excesiva de purgante que había tornado la noche anterior. Su lugar fue ocupado por el teniente coronel John Garland.

A medida que la columna se fue acercando a la planicie, el estruendo de los cañones comenzó a escucharse con mayor intensidad. En la hondonada, el mortero y una batería de cañones ligeros mantenían un duelo cerrado con la artillería de la Ciudadela. Garland colocó a sus hombres junto a unos maizales, a bastante distancia a la izquierda de la hondonada, y aguardo por sus órdenes. Un soldado escribió: “Era entendido que el general Taylor no mediaba entonces por un serio asalto, sino que deseaba hacer una fuerte distracción sobre el centro y la izquierda de la ciudad, a favor del distante Worth”.
No muy lejos de ahí, en un punto más avanzado, el mayor Joseph Mansfield, jefe de ingenieros del ejército norteamericano, realizaba sus observaciones acompañado por sólo tres o cuatro de sus soldados. De 43 años y graduado de la Academia de West Point, Mansfield vislumbró en el oriente un importante fuerte con cañones que dominaba ese extremo de Monterrey. Era el Fortín de la Tenería, custodiado por una guarnición de 280 soldados del 2do y 30mo regimientos ligeros de Infantería a cargo del coronel José María Carrasco, junto con treinta miembros del Batallón de Auxiliares de Nuevo León.

Repentinamente, un mensajero a caballo llego hasta el mayor Mansfield. Era una orden dci general Taylor para que realizara un “reconocimiento cercano” a las baterías del enemigo; si acaso veía la posibilidad de capturar algún reducto, sería apoyado por la Brigada de Garland. “Esa orden fue inesperada para mí —relatarla después Mansfield—, ya que no contaba con el apoyo de mi asistente ci teniente Scarritt; pero el capitán Williams y el teniente Pope, de los ingenieros topográficos, fueron colocados bajo mis órdenes’

Mientras tanto, Taylor se encontraba ya sobre el campo con la 3 División de Voluntarios del general William O. Butler, la cual fue colocada justo detrás de la hondonada. Aquella mañana Taylor parecía, más que el comandante general de un ejército, un campesino: no vestía su uniforme y portaba un enorme sombrero de paja. Cabalgando en su caballo “Old Withney”, acompañado por los miembros de su staff se dirigió hacia Garland. Rápido y en forma verbal, según algunos testigos, el general ordenó que protegiera ci reconocimiento de los ingenieros de Mansfield y, si era practicable atacar algunas de las baterías que estaban sobre la izquierda, “mejor hágalo”. Después, señalando al frente, indicó: “Pero consulte con Mansfield, usted lo encontrará por allá”.

La orden era confusa y el objetivo bastante incierto, sobre todo porque no indicaba cuáles eran las intenciones de Taylor: si aquello se trataba de una finta o de un ataque en forma sobre la ciudad. Garland, de 54 años y quien no tenía el privilegio de llevar un anillo de graduado de West Point, debió haber sentido un gran peso sobre sus hombros, ya que le dejaban a él y a un oficial de ingenieros la responsabilidad del ataque a la ciudad. Momentos después, uno de los topógrafos, el teniente Pope, se presentó solicitando una compañía para escoltarlos.



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Con menos de cuarenta hombres, Mansfield comenzó a acercarse a la ciudad. Dos veces se detuvo para observar con su telescopio. El fortín de la Tenería a su izquierda, en el extremo oriente de la ciudad, era bastante visible. Continuó su avance. “Para mi sorpresa, pudimos acercarnos a una calle y entrar completamente a los suburbios sin recibir disparos”, narró en una carta. “Viendo la factibilidad de cubrirnos en las casas hechas de piedra y de llegar al reducto por la retaguardia, mandé decir al coronel Garland ‘Adelante”.

La Brigada de Garland se puso en movimiento, extendida en una larga línea de ataque, al estibo de las tradicionales tácticas napoleónicas para luchar a campo abierto. Más de mil metros de llanura descubierta lo separaban del fuerte de la Tenería. El 3 Regimiento, con 240 hombres, se colocó a la derecha; el 10 de Infantería al centro con 162 soldados, y el Batallón de Baltimore-Washington a la izquierda, con 239 bayonetas. En total 641 norteamericanos desplegados en línea hombro con hombro avanzaron sobre la planicie. Pero al improviso se vieron envueltos por el fuego cruzado de artillería que desde la Ciudadela y la Tenería les hicieron.

“El primer tiro golpeó inmediatamente en frente de nuestra línea y rebotó pasando sobre nuestras cabezas”, escribió un oficial. Las bajas pronto comenzaron a aparecer. Una bala de cañón arrancó el pie de un joven teniente y mató a! soldado de al lado. “Hasta el soldado más tonto de la brigada sintió que hablamos dado un paso en falso y fatal”, escribió otro oficial.

Las bajas aumentaron a medida que la artillería mexicana corregía su puntería. El coronel Garland ordenó acelerar el paso para tratar de cruzar el campo abierto y llegar a los suburbios en busca de refugio. Sin imaginarlo, la situación se agravarla. “Ese movimiento solo nos llevó a colocarnos dentro del alcance de los mosquetes y pronto nos encontramos en calles estrechas, en donde recibimos el más destructivo fuego de todas direcciones”, relató Garland.

Desde los techos, desde las ventanas, desde aspilleras abiertas en los muros de las casas o barricadas que atravesaban las calles, los disparos de rifles y mosquetes de los defensores mexicanos se concentraron sobre los invasores.

El mayor Barbour, aquel que había escrito lo tranquilo que estaba la noche anterior, cayó atravesado por una bala en el pecho, y el capitán Williams, de los ingenieros topógrafos, recibió una herida fatal en la cabeza. El coronel Watson, comandante del Batallón de Baltimore-Washington, fue alcanzado mortalmente en el cuello por un francotirador. Incluso el mayor Mansfield resultó herido en una pierna. Un francotirador mexicano, trepado sobre un árbol de aguacate, por la calle de Allende, acertó a tres yanquis antes de caer herido mortalmente. Esa calle luego sería recordada como “la del aguacate”.

Una batería norteamericana de artillería ligera logro cruzar la planicie y llegar a galope hasta las angostas calles, pero como el mismo Garland escribió: “Después de varios disparos, viendo que poco daño estaba causando sobre las gruesas barricadas de sillar, ordené al capitán que retirara su batería a un lugar más seguro’

Sin mapas y extraviados en un laberinto de calles, los regimientos se separaron y el ataque perdió cohesión. Lejos de llegar a la retaguardia de la Tenería, los invasores se toparon con una serie de fortines de cuya existencia no tenían la más mínima idea, como los reductos del Rincón del Diablo y del Puente de la Purísima, ocupados por tropas de la 2 Brigada de Infantería del general Francisco Mejía.

En el Fortín del Rincón del Diablo el capitán Joaquín de Arenal mantuvo un constante fuego de artillería con las piezas del teniente José Terroboa y el subteniente Andrés de León. En el Puente de la Purísima el general Mejía dirigió las defensas, teniendo entre sus correos a un joven de diecinueve años de las milicias de Nuevo León: el alférez Mariano Escobedo.

A mitad de los tiroteos el ciudadano Macedonio Covarrubias se presentó en el Puente de la Purísima fusil en mano, dispuesto a ayudar. “Lleno de entusiasmo —escribió Mejía en su reporte— corrió el mismo peligro que los soldados, prestando buenos servicios con su carabina”. El conflicto se generalizo por todas las calles del oriente con regimientos y compañías yanquis luchando cada una por su cuenta. “Todo fue confusión’ afirmó después un oficial.

Forzado a auxiliar a sus tropas atrapadas en un combate urbano para el que no estaban entrenados, el general Taylor envió a la 3a División de Voluntarios en apoyo y más bajas se sumaron al conflicto. Muchos oficiales cayeron muertos o heridos; las tropas, desorientadas, perdieron el rumbo atrapadas bajo el fuego cruzado de los francotiradores y las trincheras en las callejuelas.

Al final del día, a pesar de que los voluntarios de Mississippi y Tennessee lograron ocupar la Tenería, era evidente que el ataque había sido un enorme fracaso. Al otro extremo de la ciudad, el general Worth, que había bloqueado con éxito el camino a Saltillo con mínimas pérdidas, comentó diez días después, en una carta a su yerno, el capitán John Sprangue, que: “La 1era División de Garland y la 3 de Voluntarios fueron llevadas hacia la acción sin orden, dirección, apoyo o mando; de hecho, eso fue un asesinato”.

Por la noche, Taylor se retiró maltrecho con sus dos divisiones al campamento en el Nogalar, dejando solo un destacamento en la tenería. Ese día, mientras el ejército mexicano había tenido menos de cien víctimas, los norteamericanos sufrieron 394 bajas, entre muertos y heridos, en un fallido ataque plagado de errores y confusiones, pero sobre todo mal dirigido por sus comandantes. Por desgracia, el general De Ampudia no supo capitalizar para su beneficio aquel triunfo y los invasores pudieron recuperarse y tomar la iniciativa al día siguiente.



El error de Ampudia

El 22 de septiembre Worth, en el poniente, atacó el estratégico cerro del Obispado. El coronel Francisco Berra, comandante de aquel punto, resistió durante horas al mismo tiempo que solicitaba con desesperación refuerzos, los cuales escasamente fueron enviados. Hacia las tres de la tarde la bandera de las barras y las estrellas ondeaba sobre el fuerte. En la madrugada del 23 de septiembre De Ampudia encerró todas sus fuerzas en su línea interior de defensa alrededor de la plaza principal y la catedral. Los importantes enclaves como el Rincón del Diablo y el Puente de la Purísima, tan exitosamente defendidos los días anteriores, fueron abandonados.

Los yanquis arremetieron entonces hacia la plaza central, donde se había fortificado De Ampudia. Worth descendió desde el poniente y Taylor avanzo por el oriente, desarrollándose los combates por las calles centrales, esta vez con mayores pérdidas para los mexicanos. Por la noche la plaza principal comenzó a ser bombardeada y explotaron granadas peligrosamente sobre la catedral, donde se almacenaban más de diecisiete mil libras de pólvora.

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Atrincherado en pocas manzanas, De Ampudia solicitó una tregua para dar inicio a las pláticas con las que buscarla un cese definitivo al fuego. (Nota de un servidor: error:, Taylor pensaba entonces en retirarse) El encuentro entre los comandantes ocurrió la tarde del jueves 24 de septiembre. Después de largas horas de discusiones, las comisiones de ambos lados llegaron a un acuerdo para terminar la batalla. De Ampudia y Taylor firmaron un acta de capitulación mediante la cual el primero entregaba la ciudad a cambio de que su ejército saliera con sus armas y seis piezas de artillería. La Ciudadela, el último reducto externo, fue evacuada con todos los honores. Se estableció, además, un armisticio por ocho semanas.

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Durante los siguientes tres días el ejército mexicano partió marchando por las calles, a tambor batiente y con todas sus banderas desplegadas, rumbo a Saltillo. La batalla de Monterrey había concluido, pero su costo en términos de vidas humanas fue elevado. Casi un millar de muertos y heridos: 439 bajas en los nacionales y 492 en los invasores.

A pesar del exitoso triunfo que la prensa de Washington y Nueva Orleans comenzó a proclamar después de la batalla, una atmósfera de crítica y disgusto se percibió en los oficiales del ejército norteamericano hacia su comandante, ya que las cosas no hablan resultado como se esperaban, ni eran lo que aparentaban.

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La victoria de Taylor sobre el ejército mexicano no había sido tan gloriosa ni tan brillante. Los combates resultaron más prolongados y encarnizados de lo estimado. Monterrey probó ser una plaza extremadamente fortificada y defendida. Fue su columna en el lado oriente la que sufrió casi todas las bajas. Cerca de cuatro quintas partes de las pérdidas totales ocurrieron solo en el ataque del 2 de septiembre. Los invasores se quedaron con la idea de que las vidas de muchos hombres habían sido sacrificadas de forma imprudente.

Un oficial norteamericano relataría que después de la batalla varios habitantes de la ciudad se acercaron a él deseando saber “de dónde proveníamos y qué clase de gente éramos, ya que dicen que somos la primera gente que hayan visto marchar directo hacia la boca de los cañones”.

Cuando el presidente Polk recibió las noticias del pacto de capitulación, estalló furioso contra Taylor. En lugar de haber hecho prisionero al ejército mexicano, lo había dejado marchar, dándole oportunidad de volver a combatir. Solo su popularidad lo salvo de ser relevado. También del lado mexicano De Ampudia recibió severas críticas del presidente Santa Anna por entregar la ciudad. Incluso algunos oficiales lo acusaron de no haber actuado con mayor agresividad y decisión. En Washington tomó fuerza Ia propuesta del general Winfield Scott: México debía ser invadido desde Veracruz.

La de Monterrey fue una batalla llena de errores. Taylor pagó sus fallas con la masacre de muchos de sus soldados. El general De Ampudia, con la pérdida de la ciudad, y quizás, con la pérdida de más de la mitad de su país.



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Solo quisiera decir algo aquí. Gran parte de los problemas de México se hubieran evitado si tanto militares como políticos hubieran estado dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias. Si De Ampudia hubiera estado dispuesto a sacrificar más hombres (a la Stalin, aunque soy plenamente consciente que México no ha contado ni por asomo con un órgano a la vez tan brutal y eficiente como el NKVD) quizás ahora seriamos más grandes y sin duda más prósperos. Hoy, con medios electrónicos de comunicación y en una pseudo democracia, llegar a  esos extremos ya no es posible, así hagan mucha falta (nomas vean las quejas por el hoy no circula). La culpa no fue sólo de Ampudia; de la Peña y Peña y Santa Anna tuvieron muchísimo más que ver….

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Re: Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

Mensaje por Lanceros de Toluca el Agosto 2nd 2014, 21:06

Ya

Habia

Temas

Abiertos

de

esto

p*****o.

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Re: Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

Mensaje por ivan_077 el Septiembre 1st 2014, 03:28

Se fusionan todos los temas al respecto

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Re: Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

Mensaje por ivan_077 el Febrero 12th 2015, 23:13


La muerte de Juan Loyando "Un Húsar Mexicano"

Mensaje por Perseo el Vie Abr 26, 2013 3:42 am
Desconozco la veracidad de esta historia,pero a mi en particular los cuerpos de Hussards(caballerias ligeras elite) de todo el mundo me parecen espectaculares y me empeñe en buscar una historia sobre el único cuerpo de Húsares que tuvo nuestro país,que según tengo entendido realizaba función como una guardia presidencial.



Pero, camaradas, les contaré cómo estuvo la historia. Aún no rayaba el día y los clarines nos sobresaltaron con el alegre sonido de la Diana. Digo sobresaltaron porque muchos de nuestros hombres no habían siquiera dormido, ya fuera por la ansiedad que les causaba la seguridad del próximo combate o porque el hambre, sumado a la falta de rancho, no les había permitido caer en los brazos de Morfeo.

Salí de mi tienda y aún medio dormido caminé entre el helado y frío clima de la madrugada del desierto que se abría entre San Luis Potosí y el Saltillo. Anduve durante algunos minutos hasta que me topé con la tienda de mi entrañable amigo, el Comandante de Escuadrón del Regimiento de Húsares de los Supremos Poderes, Juan Luyando, a quien encontré aún vistiéndose y el cual me saludó efusivamente, preguntándome qué tal había pasado la noche. Era él alto, ya que casi alcanzaba los seis pies ingleses, una estatura aproximadamente igual a la mía. A decir de los ayudantes, lo único que nos diferenciaba es que él tenía el pelo castaño y el mío era negro: de ahí en fuera, éramos casi idénticos, pues teníamos la piel de un tono moreno claro, aunque un poco tostado luego de las dos semanas de marchar por el desierto desde San Luis. Pero estos pensamientos fueron interrumpidos por la llegada de dos Presídiales, con quienes nos tomamos unos tragos de aguardiente y enseguida nos dispusimos a trabajar.

Nos alejamos entonces del Parque General y al voltear hacia las cumbres que frente a nuestro campamento se levantaban, pude divisar algunas luces de fogata, señal inequívoca de que los americanos se hallaban en alerta ante cualquier eventualidad de nuestra parte. Nos dirigimos hacia la tienda de mi General Santa Ana y éste nos recibió con alegría, recordándonos que aquél debía ser un gran día para la Patria.

-“Yo le prometo, mi General Presidente, traerle una bandera americana para que la ponga en su colección en Palacio”- dijo Juan con orgullo y a lo que mi General contestó con su estentórea voz un -“Ya lo creo, ¿no Torres?”- dirigido hacia mí, que fue tomado a modo de despedida pues entró mi General Don Antonio Carona seguido por su Estado Mayor para discutir con el Presidente los lugares donde se emplazaría nuestra artillería en vista de la batalla.

Después nos fuimos hacia donde se hallaban estacionadas nuestras tropas y tras llamar a filas y hacer los conteos, nos reportamos listos para el combate, al igual que el resto del ejército. En ese entonces yo tenía a mi mando uno de los dos escuadrones con que contaba el desaparecido Regimiento Auxiliar de las Villas del Norte y del que, a pesar de mi edad, era Coronel. Se nos formó en el ala izquierda de la línea de batalla del ejército mexicano que entró en acción aquél día 23 de febrero de 1847 en el Puerto de La Angostura, sobre el camino carretero al Saltillo.

La batalla empezó poco después de las seis campanadas. La Brigada Ligera de mi General Pedro Ampudia comenzó a desalojar a los americanos que se hallaban al pie del cerro que habían ganado nuestros Cuerpos Ligeros el día anterior. Al mismo tiempo, en el centro, dos columnas formadas por dos divisiones se lanzaron sobre las posiciones más fuertes del centro de los norteamericanos. Por la izquierda, en el camino, avanzaba la columna de mi General Don Manuel María Lombardini, por la derecha la de mi General Don Ángel Guzmán y en el centro una columna de reserva de mi padrino, el General Don Anastasio Parrodi.

Juan y yo no veíamos el momento en que se nos ordenara atacar a los yanquis, pues nuestros dragones y bridones veían la batalla en toda la línea y nos desesperábamos de estar inmóviles, perdiéndonos toda la diversión que seguramente estarían aprovechando nuestros infantes.

Entonces llegó un ayudante de Santa Ana hasta donde estaba mi General Don Anastasio Torrejón, el mejor comandante de caballería de toda la República. La orden era rodear el cerro de nuestra izquierda y, en el momento que la infantería rompiera momentáneamente la línea invasora, meter una cuña de caballería, por donde se pudiera abrir camino hasta la Hacienda de Buena Vista, donde el enemigo tenía su Parque General.

Así pues, nos lanzamos al trote con el nerviosismo de que los cañones enemigos nos destrozarían antes de poder siquiera completar la parte pasiva de nuestra misión. Pero llegamos sanos al punto donde se nos había ordenado esperar y nos mantuvimos inmóviles algunos minutos, hasta que vimos como dos pelotones del 3er Ligero llegaban en medio de los tiros hasta los cañones enemigos y desalojaban a bayonetazos a los sirvientes de las piezas, llevándose dos de ellas a toda carrera hacia nuestro campo, donde fueron recibidas con entusiasmo.

En ese momento toda la línea enemiga flaqueó un instante y mi General Torrejón, hábil como el viento, tomó en sus manos la bandera de la Caballería de Tamaulipas, y como un guión soberbio nos gritó, sable en mano: “¡¡Síganme!!”, y nos lanzamos a toda brida hacia las líneas enemigas, a las que llegamos lanza en ristre y desbaratamos a filo de sable, que enrojecimos de sangre enemiga hasta la empuñadura.

Al mismo tiempo, el escuadrón de los Húsares de Juan cargó con tal brío que el Regimiento de Rifleros del Mississippi, que llegaba para rechazarnos, fue envuelto por los jinetes mexicanos y comenzó la masacre; reconocí a los americanos por sus largos rifles, sus galones y su bandera con su estrella alba en campo azul y su árbol sobre el fondo blanco, que ya había visto yo en Monterrey el año pasado.

Enseguida me llamó la atención que Juan derribara de su caballo a un riflero, golpeándolo con el fuste de su lanza. El americano cayó entonces de rodillas, lloriqueando lastimeramente para que Luyando no lo atravesara de parte a parte. Juan debió reflejarse en aquél rostro, quizá el de un hombre católico con esposa e hijos, puesto que yo vi como el yanqui sacaba de entre sus ropas un rosario, y el Comandante cabalgó delante de él, tratando de alcanzar a su escuadrón, que se había adelantado en persecución de los otros dragones americanos. Sin embargo, una detonación me hizo volver el rostro hacia donde segundos antes estaban mi amigo y el americano. La escena me dejó en choque: el riflero había tirado el rosario y ahora empuñaba su arma, aún humeante; sin duda acababa de disparar. Delante de él, Juan cayó lentamente de su caballo, herido a traición, por la espalda, como el precio a pagar por respetar una vida enemiga.

Entonces una rabia profunda se apoderó de mí. La furia y cólera más fuertes que el ser humano ha de sentir hicieron que, ciego de ira, picara espuelas hacia donde el yanqui se encontraba aún arrodillado. Al sentirme cerca, volteó por donde yo me acercaba e intentó levantarse para recibirme con la bayoneta. Pero fui más rápido y lo atravesé sin piedad con mi lanza, rompiéndola de la fuerza con que la llevaba sujeta a mi coraza, teniendo entonces que tirar de la espada para acuchillar a los demás americanos que se amontonaron a mi alrededor, tratando de vengar a su traidor compinche. Llegó entonces un piquete del Fijo de México, bajo las órdenes de mi difunto compadre Don Vicente Oroños, el cual desalojó a los americanos de mis cercanías.

Cuando se tranquilizó la situación y entre la lluvia de balas de la batalla me acerqué, con lágrimas en los ojos, al cuerpo inerte de mi espigado compañero. Al desmontar, me di cuenta de porqué le había disparado el yanqui: Juan llevaba entre sus manos la bandera del Regimiento de Rifleros, la que había levantado del campo como trofeo. Posiblemente estaría pensando cómo presentarse frente a mi General Santa Ana cuando regresáramos a nuestro campamento y le entregara la bandera capturada, momento que el americano aprovechó para tomar su rifle y dispararle como un cobarde, por la espalda.

Subí, con ayuda de dos infantes, el cuerpo de Juan a mi caballo y tomé luego su lanza y la bandera americana, y tras enviar un mensaje al Mayor Joaquín Gamboa de que se hiciera cargo de mi escuadrón, volví espuelas y regresé a toda brida a campo amigo. Al llegar, Santa Ana miró un tiempo, con ojos tristes, el cuerpo de Juan, sin preguntar de quién se trataba, pues ambos sabíamos que era el Comandante Luyando. Sin embargo, quedó pasmado cuando dejé caer ante él la bandera capturada de los Rifleros del Mississippi redondeándole, antes de regresar a la batalla, una frase que jamás en mi vida olvidaré....

-“Mi General Presidente, Juan prometió traerle una bandera americana. Señor, aquí la tiene usted....”-
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Re: Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

Mensaje por ivan_077 el Febrero 12th 2015, 23:15


La heroica defensa de los 4 ataques a Alvarado por la Armada de E.U. 1846-1847
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Mensaje n°1

La heroica defensa de los 4 ataques a Alvarado por la Armada de E.U. 1846-1847

Mensaje por Rogersukoi27 el Sáb Mar 17, 2012 1:15 am
En la invasion de Mexico por las fuerzas de los Estados Unidos durante 1846-48, muchos eventos historicos gloriosos, han sido minimizados, sin siquiera recordar a aquellos, que en la defensa de nuestro territorio, hicieron extraordinarios actos de valentia, fortaleza y decidida entrega en su gesta militar.

Me permito abrir este capitulo, que por si mismo, rescata algunos nombres y hechos gloriosos de la Armada de Mexico y su marinos en tierra.

Dichas fuentes estan documentadas por investigadores que han publicado sus observaciones, despues de haber estudiado documentos existentes en los archivos de la Nacion, y otros documentos compilados de historiadores de Benito Juarez y otros eminentes participes de la lucha de esa epoca.

anexo carta dirigida al Coronel Pedro Diaz Miron, en la preparacion de la defensa de Alvarado;




Campo en Saltabarranca, diciembre 14 de 1862.














Señor coronel don Manuel Díaz Mirón

Muy señor mío y apreciable amigo:

Tengo el gusto de dar a usted oficialmente el parte del triunfo adquirido por nuestras armas en el punto del Miadero el día 11 del corriente, lo cual celebro, no tanto por lo que en el acto de la acción se hizo al enemigo, cuanto por lo que influye en la moral y ánimo esta gente que necesita hechos prácticos para dejar su egoísmo prestar servicios a la nación.

Dos meses y medio llevo de no hacer alto tres días en un lugar, pues ha sido y aún es necesario recorrer la costa en todas direcciones y a toda hora según lo exige el servicio y las circunstancias; pero si al principio me desconsolaba y desesperaba ver la apatía, el desorden, la desmoralización total y el deseo de tener libre el comercio con el enemigo, hoy ha cambiado la decoración; el pueblo se ha reanimado, las masas se prestan y, aunque a mis planes y deseos se oponen la falta de armamento, caballería y parque, así como la seducción secreta de la clase privilegiada de estos lugares y la mayor parte de comerciantes, veo con satisfacción que a trueque de un trabajo inmenso y de disgustos, mis miras se realizan en defensa de la patria, echando por tierra sus maquinaciones.

En su grata del 21 de octubre, única que he recibido de usted, me recomienda la defensa de esta costa y en verdad que mucho temía no corresponder a su confianza ni dar el lleno a sus deseos; mas la Providencia, que protege nuestra causa, ha querido darme el placer de felicitarlo por el triunfo adquirido, pues como patriota y jefe del Estado, debe ver con satisfacción que la defensa se haga debidamente y conforme a sus instrucciones.

Por el croquis que en mi nota oficial le adjunto, verá usted que he fijado el cuartel general en este punto, por ser el más inmediato a los puntos que ocupa el enemigo y, aunque desprovisto de víveres y todo recurso, es el que con menos dificultades en el tránsito se comunica con las demás poblaciones, de donde hago venir lo muy necesario para la manutención de las tropas, que como digo a usted oficialmente, hace ya el número de 600, distribuidos de la manera siguiente

1ª línea que manda el comandante Zamudio 100

2ª línea que manda el comandante Enríquez 200

3ª línea que manda el capitán Carrasco 100

4ª línea del centro y cuartel general 200

600

Estas fuerzas son de los Tuxtlas, Cosamaloapan, Tlacotalpan y Nopala, pues el rebelde pueblo de Alvarado no ha dado un solo hombre y sí ha protegido decididamente al enemigo; ya me ocupo de formar un expediente con todos los datos para dar a usted cuenta de sus infamias.

Como es probable que los traidores procuren que el enemigo cargue con mayor número de fuerzas para proteger sus miras especulativas, he pedido a Minatitlán y Acayucan 200 hombres, pues me he propuesto no dejarlos avanzar y atacar sus posiciones si logro la reunión de alguna caballería.

Como las aduanas terrestres nada producen, tengo mil apuros para sostener las tropas, echando mano de cuanto fondo encuentro, ya de la federación, ya del estado, según las facultades que se me dieron y espero que usted ratifique, pues sin ellas nada podría hacer.

Tengo razonablemente abastecido un botiquín y establecida una corta ambulancia, servido por un doctor capitán, un subteniente ayudante y cuatro soldados de servicio.

Los heridos prisioneros se asisten esmeradamente y siendo necesario amputar a dos de ellos, no omití gasto ni diligencia por hacer venir otro doctor e instrumentos, pues en este campo improvisado me falta mucho y deseo en todos los actos conservar el buen nombre del estado de Veracruz y de su actual jefe.

Conoce usted mi carácter y que jamás pulso dificultades, pues las venzo con voluntad firme; pero ciertamente es tal la desmoralización en estos lugares, que con las cosas más triviales tengo que hacerlas personalmente, único medio de conseguir el objeto; ya usted calculará cuáles sean mis tareas siendo tan dilatado el terreno y tan fatal, que recorro y usted conoce, pues lo ha andado otras veces.

Temeroso de un extravío, que están siendo muy repetidos en la correspondencia, el conductor del parte es un oficial y ya en lo sucesivo seguiré haciendo lo mismo con lo interesante, pues estoy quemado con la interrupción de la correspondencia.

La total pérdida del enemigo consiste en 14 muertos, 15 heridos y 6 dispersos, por manera que su baja es de 35 hombres, siendo de ellos 23 de los bandidos de caballería y 12 martinicos de infantería.

Supongo que busquen la revancha y vengan preparados; los espero pues y daré a usted cuenta del resultado.

He pedido a los Tuxtlas 100 peones con sus instrumentos de zapa, para formar barracas y establecer el campo en los arenales de Miadero, que usted ha visto y no hay en ellos una sola choza para el abrigo de la tropa y sí mucho mosco, rodador y garrapata, pero es conveniente situarse al frente del enemigo y cortarlo de Tlacotalpan por la vía de tierra, pues por la de agua no es fácil por sus maldecidos vapores.

Como el dichoso norte que hemos experimentado con una furiosa lluvia impidió la salida del oficial conductor en la fecha de la correspondencia, ha habido lugar de poner en conocimiento de usted haber sucumbido, de los cinco heridos prisioneros, dos y tenido la necesidad de amputar a uno de los otros tres de una pierna y el dedo pulgar de una mano, el cual sigue bien así, como un negro martinico que está pasado de una pierna; pero el que tiene atravesado el pecho tal vez sucumbirá en la operación de extraerle la bala.

Quisiera dar a usted una noticia más pormenorizada, pero sería escribir mucho y ni aun así imponerlo de todo; confórmese con lo dicho hasta hoy y por el correo le daré cuenta de lo demás.

Deseo a usted mucha salud y me repito su amigo atento y seguro servidor q. b. s. m.

Alejandro Lazcano

Ya verá usted por la adjunta relación, cómo estoy de parque y armas.

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia.
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Re: Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

Mensaje por ivan_077 el Febrero 12th 2015, 23:24


DECLARACIÓN DEL GENERAL JOAQUÍN RANGEL SOBRE LA DEFENSA DEL CASTILLO DE CHAPULTEPEC

Mensaje por Xicoténcatl el Mar Abr 17, 2012 1:28 pm
Tomada del libro Documentos históricos sobre la defensa de Chapultepec. 13 de septiembre de 1847, Comisión Organizadora de los Homenajes del CL Aniversario de los Niños Héroes, México, Secretaría de Gobernación, Archivo General de la Nación, 1997, p. 59-67. El original se localiza en el Archivo General de la Nación, Archivo de Guerra, Vol. 273, fs. 59-60v.


--------------------------------------------------------------------------------

Joaquín Rangel General de Brigada del Ejercito Mejicano




Certifico y juro bajo mi palabra de honor, que el dia 12 de Septiembre de ochocientos cuarenta y siete, llegué con mi brigada en aucsilio de Chapultepec según se me ordenó por el Excelentísimo Señor General en Gefe del Ejercito, luego que comensó el bombardeo.




Que con tal motivo abansé á mi Ayudante de campo Comandante de Escuadrón Don Ignacio Arreta para que dice conocimiento de mi proximidad al Excelentísimo Señor General Bravo que mandaba esta Fortaleza. Que aguardaba yo sus ordenes cuando llegó el Excelentísimo Señor General Santa-Anna, y personalmente me mandó situár el Batallón de Matamoros de Morelia en las obras que cortaba la calzada de Tacubaya, nombrandome Gefe de esta linea hacia Mejico, habiendo nombrado igualmente al Señor General Peña con parte de mi brigada, Gefe de la linea contaria desde la cortadura de la calzada de la Casa mata hacia la Beronica. Que en este dia que duró todo el el bombardeo continué recibiendome ordenes del Excelentísimo Señor General en Gefe hasta la noche que mandó relebár todos los cuerpos de mi brigada, eseptuo el de Matamoros de Morelia, con la Brigada del Señor General Don Simeon Ramiresi y me mandó diseminase mi tropa en la casa colorada. Que en la noche que el enemigo rompió el fuego de Artilleria y fusileria contra la obra de la calzada de Tacubaya, que en el dia tube á mis ordenes ocurrí prontamente con mi brigada que formé contra los arcos, según las instrucciones que para esto tenía y como consta al Señor General Don Simeon Ramires.




Que en la madrugada siguiente me encontré en al puerta de Chapultepec, y el Excelentísimo Señor General en Gefe bolvió á dár destino á los cuerpos de mi brigada como el dia anteriór, agregando al de Matamoros de Morelia dos compañías del de Santa-Anna y mandandome situár en la misma fortificasión del ornabeque que al pié de Chapultepec cortaba la entrada de Tacubaya. Que en esta mañana el Excelentísimo Señor General Bravo pidió que de mi brigada subiese fuerza á la eminencia, y le conteste manifestandole la distribución que se le habia dado por el Excelentísimo Señor General en Gefe. Que al llegar Su Excelentísimo el Señor Santa-Anna, el Señor General Peña y yó l ehicimos presente este pedido ofreciendonos obsequiarlo personalmente y contestó no ser conveniente subír mas tropa á la eminencia para que no se contagiase con la que habia quedado allí muy acobardada y reducida por la deseción que habia sufrido. Que luego que se bieron mobér las columnas enemigas directamente le dió orden al Excelentísimo Señor General en Gefe al Batallón de San Blas y á la 4ª Companía del Batallón de Granaderos, para que les saliesen al encuentro sobre la falda de serro y contra el bosque, en cuyos puntos fueron derrotadas estas fuersas.




Que el primér ataque de una columna de cosa de dos mil hombres al mando del General enemigo Quidman, fué en la calzada de Tacuballa contra el ornabeque que defendí hasta el ultimo estremo; resultando de esto que no subiese el enemigo al serro por este punto á concurrír con las fuerzas que lo asaltaron por el Ocsidente, hasta que en las mismas lograron atacarnos por retaguardia. Que de los cuatro cuerpos que componian mi Brigada, no se pudo retirár el Batallón efectibo de San Blas por que fué exterminado sobre la falda del cerro haciendo replegár sus restos mandados por el Capitan Murphí hasta sobre su eminencia, adonde lo tomaron prisionero con sus soldados; sucediendo en el bosque otro tanto con los oficiales Peña y Echeberria y los granaderos que quedaron vivos. Que del Batallon Nacional Misto de Santa-Anna quedó la mitad dentro del bosque sin poder salír un solo soldado pues estos y los oficiales que quedaron vivos fueron hechos prisioneros con el primér Ayudante que los mandaba Don Rafael Archundia. Que de la otra mitad de este Batallón solo se pudo retirár con migo por la calzada de la Beronica menos de su tercera parte. Que el de Matamoros de Morelia perdió defendiendo la entrada del cerro, por le lado de Tacubaya, en el ornabeque mas de una tercera parte. Que los restos de todos estos cuerpos, fueron con migo á unirse al Batallón de Granaderos en la calzada de la Verónica y se retiraron en buen orden hasta situarse en Santo Tomas, y despues en San Cosme, perseguidos siempre y sosteniendose contra el cañon enemigo. Que todo esto consta en los partes de ambos ejercitos con cuya relación creo dejár aclarados los puntos relatibos; respecto del acerto del Excelentísimo Señor General Bravo sobre pedírme ausilio, y el de si concurrió mi brigada á la defensa de Chapultepec; si se retiró y con que motibo.-




Y á pedimento del Señor Fiscal general Don Antonio Dies de Bonilla dí la presente en Mejico á dies y siete de Abril de mil ochocientos cuarenta y ocho.

Joaquin Rangel Rúbrica
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Re: Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

Mensaje por ivan_077 el Febrero 12th 2015, 23:24


Mexican Spy Company

Manuel Dominguez
El jefe de la Mexican Spy Company, zapatero de oficio, vendedor ambulante de mantas y cambayas, carnicero y contraguerrillero, enjuiciado tres veces como salteador de caminos. Se hizo notorio durante la invasión estadounidense de 1847 y vendiendo sus servicios al invasor. Sus biógrafos lo describen como de aspecto repugnante, color cobrizo, pelo y barba negros, labios gruesos y amoratados, nariz chata. Llevaba dos enormes pistolas a la cintura, un puñal, lanza y machete. Fue el tipo clásico de bandido en las revoluciones del S. XIX como los descritos por Manuel Payno en su obra Los bandidos de Río Frío.
La Mexican Spy Company o la compañía de espías mexicanos fue el grupo encabezado por el salteador de caminos Manuel Domínguez y organizada por el ejército de Estados Unidos de América por iniciativa del general Winfield Scott con el fin de delatar y hostilizar a las guerrillas y elementos del ejército mexicano que atacaban a sus filas de abastecimiento en su camino a la conquista de la Ciudad de México durante la llamada Primera intervención estadounidense en México de 1846 a 1848.


Winfield Scott crea la Compañía de espías

El 15 de de mayo de 1847, el general William J. Worth ocupó la ciudad de Puebla sin resistencia y pronto sus habitantes se habituaron a la presencia de los militares estadounidenses. El resto del ejército con el general Winfield Scott a la cabeza lo hicieron el día 27. Fue entonces que algunas personas de la alta sociedad poblana y el clero católico pidieron los ayudara a resolver un asunto de grave preocupación popular, asunto que ya antes había sido tratado ante el general Worth por un grupo de personas de la clase acomodada de Puebla relacionado con delincuentes salteadores de caminos y que se ocultaban en la ciudad, pues no sólo se dedicaban a entorpecer las maniobras del ejército, sino que asaltaban a cuanto mexicano se les pusiera enfrente. La solicitud estaba dirigida más específicamente a la captura de un “malviviente” llamado Manuel Domínguez alias el Chato, que ya antes había escapado de la cárcel gracias a una red de cómplices o lograba salir de las prisiones mediante los sobornos que ofrecía y que ningún policía rechazaba. Compuesta de varios cientos de vándalos, esta red trabajaba a lo largo del camino de Veracruz a Puebla y a la Ciudad de México y no respetaba a nadie que se encontrara en su camino.

El 2 de junio cayó este famoso salteador de caminos en manos de los norteamericanos y el general Scott decidió, en lugar de lo convenido con la gente y clero de Puebla, utilizarlo para dirigir lo que llamó “The Mexican Spy Company” (“Compañía de espías mexicanos”), una red de espías locales, que informarían todo lo que vieran y escucharan sobre los planes de Santa Anna, infiltrándose entre el ejército y la población tanto de la capital como de Puebla. Por su parte, Domínguez contó la historia inverosímil de que él había sido un hombre honesto que en alguna ocasión había sido asaltado por un oficial mexicano. A partir de entonces, se fue al monte y empezó su vida como jefe de bandidos. Aceptó colaborar con el ejército de los Estados Unidos y fue puesto a las órdenes del coronel Ethan Hitchcock otorgándole un salario de coronel. Al principio recibió la encomienda de mensajero entre Puebla y Jalapa, pero al poco tiempo Hitchcok le propuso formar una partida de exploradores y espías. En consecuencia los norteamericanos liberaron a muchos presos de las cárceles poblanas amigos del Chato recibiendo pagas superiores a las de los sargentos americanos. El mismo Domínguez fue ascendido al grado de coronel. El resultado fue que en breve fueron delatados planes y detenidos civiles y militares mexicanos, como se desprende de una carta escrita en Puebla por el propio Winfield Scott al coronel Thomas Childs que se encontraba en Jalapa.


«Me han proporcionado los espías poblanos los más exactos informes sobre los movimientos del enemigo y los planes de sus paisanos; por conducto de ellos pude aprehender a varios militares y civiles en las reuniones nocturnas que tenían por objeto sublevar al populacho. La compañía de espías ha peleado con valor, y está tan comprometida que tendrá que salir del país cuando se retire nuestro ejército»

Les fueron encomendadas además las funciones de guías dados sus conocimientos de los caminos entre Jalapa y México y participaron también como combatientes luchando contra sus compatriotas el 20 de agosto de 1847 en la avanzada del mayor Franklin Smith en Churubusco. Según los relatores de la toma de aquel fortín, el general Pedro María Anaya, quien fue hecho prisionero, vio a Domínguez y a los demás contraguerrilleros.

«impelido de un sentimiento de execración y horror, apostrofó al insolente cabecilla, llamándole traidor, con riezgo de su propia vida».

En esta batalla fueron capturados 80 efectivos del Batallón de San Patricio que desertaron del ejército norteamericano y como dato curioso, Hitchcok se mostró indignado por su atrevimiento de tomar las armas contra los Estados Unidos.

El destino de la Compañía

Al parecer la compañía permanecería en México el mismo tiempo que lo hizo el ejército norteamericano, una vez concluida la guerra. Alguno que otro hombre de Domínguez venía a la Ciudad de México para informar de las actividades del grupo en el camino entre Puebla y Veracruz, región que conocían y en la que se sentían seguros, pero procuraban mantenerse alejados, pues temían las represalias de sus compatriotas. La esposa de Domínguez, que según Hitchcock hubiera sido hermosa excepto que le faltaba un diente, buscó refugio en el campamento norteamericano al sentirse amenazada por algunos hombres que habían jurado vengarse de su marido. Los hombres de Domínguez se dedicaron a desarmar guerrillas que aún operaban en Puebla y Tlaxcala, como la escaramuza a los guerrilleros de Cirilo León.

La Compañía se disolvió a mediados de 1848 cuando los hombres de Domínguez recibieron $20.000 como baja del ejército americano en Veracruz, siendo esta voluntaria. Muchos aceptaron y siguieron su oficio de cometer asaltos en los caminos. Quien no quiso permanecer en México fue Domínguez, ya que temía que lo mataran «como a un perro», y murió en la pobreza con su familia en Nueva Orleans. Hitchcock comenta que cuando llegó a esa ciudad dejó de ser el hombre fuerte, temido y respetado por muchos hombres.
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Otro artículo...

Frequently Asked Questions
About the U.S.-Mexican War

Did any Mexicans fight on the side of the U.S.?
Yes. An entired company of native Californian lancers, led by Capt. Santiago E. Arguello, volunteered to serve with American forces under Commodore Robert Stockton. They participated in the Battles of La Mesa and Rio San Gabriel in January 1847.

Nearly 200 Mexican citizens, led by Colonel Manuel Dominguez, formed the U.S. Army's "Mexican Spy Company," that served under General Winfield Scott in Central Mexico 1847-1848. Their duties included protecting U.S. troops and wagon trains that traveled between Vera Cruz and Mexico City and providing intelligence in respect to the movement of regular Mexican troops and guerillas. In August 1847, the Spy Company took part in the battle at the convent of Churubusco,where the San Patricios (see previous question and answer above) were captured. Unlike the San Patricios however, the members of the Spy Company were not deserters. They fought for the United States because they thought the leaders of Mexico were corrupt and had abused their power.

Although only a few Mexicans actually bore arms on the side of the Americans, many more freely traded with the U.S. Army, which paid for everything it needed with cash. In general, relationships between the so-called invaders and ordinary Mexican citizens was cordial. Some soldiers formed romantic attachments to Mexican women and not a few returned home with a Mexican wife. In some cases, the discharged soldier stayed in Mexico with his spouse.

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Otro más...

(Mexican Spy Company) en la Invasion Americana a Mexico 1846-1848

Por Pablo Ramos

Durante el desarrollo de la Guerra Norteamericana a México de 1846-1848, innumerables fueron los sucesos que ocasionaron que México sucumbiera ante la superioridad numérica y de armas ,uno de ellos fue que algunos Mexicanos ayudaron a los Estadounidenses para que su proyecto de expansión culminara con éxito siendo el Bandido Mexicano Manuel Dominguez y su grupo quienes desarrollaron sus actividad en Puebla,asaltando por igual a Mexicanos como americanos hasta que fue aprendido el 2 de Junio de 1847 y se le solicito que sirviera de espía al ejercito norteamericano, lo cual lo realizo formando un ejercito de mexicanos que por una paga ayudaron a l ejercito de ocupación en sus actividades, inclusive combatirian contra los Mexicanos en la Batalla de Churubusco en Agosto del 47, ahi el General Anaya lo insulto a riesgo de perder la vida ya que Manuel Dominguez fue nombrado por el ejercito de EU y a las ordenes del Coronel Ethan Allen Hitchcoch como Coronel , así Manuel Dominguez " El Chato"al termino de la intervención a México y después de firmar el tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848 se exilio a Nueva Orleans por temor a represalias junto con mas mexicanos miembros de esta compañia de espias , muriendo en la Pobreza y odiado por los Mexicanos

Paradogicamente cuando los Americanos tomaron Churubusco y encontraron a mas de 80 antiguos soldados estadounidenses que habían desertado desde Matamoros y Monterrey en 1846, el famoso Batallon de San Patricio o los Colorados se indignaron por haberse pasado a lado Mexicano.

Algunos guerrilleros como el Padre Jarauta lucharian hasta el final ya que no aceptaron el tratado de Guadalupe Hidalgo, siendo asesinado en un rigorista juicio por Mexicanos.
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Y otro...

Manuel Dominguez & The Mexican Spy Company.

Manuel Dominguez was a noted, some would say infamous, highwayman and bandit leader who made his living on the roads between Vera Cruz and Mexico City in the 1840’s. Dominguez demonstrated a style and dash more associated with earlier European highwaymen than the road agents of the American West. Having had the pleasure of being robbed by Dominguez he would issue his victims with his calling card which was to be used somewhat like a passport should the unfortunate traveler be yet again held up by bandits.
Dominguez considered the outbreak of war between Mexico and the United States in 1846 as an opportunity to improve business. Not only would the Mexican Army have more important things to attend to than a lowly highwayman but the American invaders would provide rich pickings for him and his men. In fact, during the early part of the war in Mexico, Dominguez and his muchachos robbed American troops on a number of occasions.

Unfortunately for Dominguez he had underestimated the ability and resources of the Mexican Army and along with some of his compatriots found himself captured by an Army Patrol. So it was when the United States army marched into Puebla on May 15, 1847, Dominguez was enjoying free room and board in the towns jail.

Luckily for Dominguez Col. Ethan Allen Hitchcock; future ACW Union General and grandson of the commander of the famous Green Mountain Boys was General Scotts chief of intelligence. Displaying a resourcefulness that would have made his grand-daddy proud Hitchcock offered to release Dominguez and a number of his associates with the proviso that they work for the United States Army as irregular scouts. Dominguez, ever the opportunist, readily agreed and was released in June of 1847.

Dominguez was as good as his word and before long had enlisted the majority of his old gang into the service of the United States and with that the Mexican Spy Company was formed.
Wearing a splendid uniform of a green dragoon’s jacket with scarlet cuffs and collar, large back felt hat complete with a scarlet red scarf, which according to legend was boldly emblazoned with the words “Spy Company” in white lettering, and carrying lances they served as guides, scouts and dispatch riders. On occasion dressing as ranchers, beggars and such to carry out their spying activities the Spy Company also proved most useful in Guerrilla and anti-guerrilla operations. The Spy Company distinguished themselves as both reliable and loyal troops of the United States army, although they were never formally recognized as such, they did however receive much praise from their foreign masters.

So effective was Dominguez and the men of the Spy Company that General Santa Anna offered them a full pardon for all previous crimes, a large bribe and the rank of Colonel for Dominguez should they switch sides. Dominguez refused.
It is estimated that the Spy Company may have numbered as many as two thousand, before being disbanded in June of 1848 at Vera Cruz. Dominguez ,along with nearly half of his men thought it safer to return to the United States rather than remain in Mexico were they were considered by many to be no better than traitors.
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Re: Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

Mensaje por ivan_077 el Febrero 12th 2015, 23:27


Y asi son muchos de culos prontos...

Mal ven al enemigo y ya estan pensando en como le van a hacer para bajarse los pantalones.

Totalmente deacuerdo con Mictlan.

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Re: Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

Mensaje por ivan_077 el Febrero 12th 2015, 23:28


Por la patria: el Batallón de San Blas durante la defensa de Chapultepec, por Norberto Nava Bonilla
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Por la patria: el Batallón de San Blas durante la defensa de Chapultepec, por Norberto Nava Bonilla

Mensaje por Xicoténcatl el 17/4/2012, 1:33 pm
Después de las acciones de Molino del Rey y Casa Mata el 8 de septiembre de 1847, el ejército estadunidense analizaba los posibles sitios hacia los que dirigiría su siguiente ataque para tomar la Ciudad de México. Una posibilidad era entrar por el sur a través de la garita de San Antonio Abad, lugar poco fortificado que, una vez ocupado, permitiría la entrada a la ciudad sin encontrar otro punto en que los mexicanos pudieran ofrecer resistencia.




Otra opción era el Castillo de Chapultepec, sede del Colegio Militar, que estaba resguardado por el general Nicolás Bravo con algunos soldados y 10 piezas de artillería, que de ser tomado provocaría la rendición de la garita de Belén y todo el rumbo de San Cosme hasta la Ciudadela. Winfield Scott, general en jefe del ejército estadunidense se decidió por la segunda opción.




El Castillo de Chapultepec carecía de la solidez necesaria para resistir un bombardeo constante, pues este edificio no había sido construido para fortaleza, sino como una casa de recreo destinada a los virreyes; además, no poseía piezas de artillería para contrarrestar el fuego de las baterías estadunidenses.




Los primeros movimientos de Scott fueron para confundir al ejército mexicano; atacó la garita de San Antonio Abad y la de Niño Perdido los días 10 y 11, y colocó, además, un pequeño número de hombres para su resguardo. Su verdadera intención era concentrar el mayor número de soldados en Chapultepec para su bombardeo y ocupación. Las acciones iniciaron a las 6 de la mañana del día 12.




Las baterías improvisadas del castillo contestaron el ataque enemigo, mientras que el presidente Antonio López de Santa Anna, general en jefe del ejército mexicano, movía algunas fuerzas hacia el puente de Chapultepec, reforzando él mismo aquella posición. El fuego duró desde las 6 de la mañana hasta las 7 de la noche.




Antes del día 12, Santa Anna le había ordenado a Nicolás Bravo que devolviera al General D. Simeón Ramírez los cuerpos militares que pertenecían a su brigada. Bravo le contestó que de hacer eso, el castillo quedaría gravemente desprotegido. Por el contrario, pidió cuando menos dos batallones que defendieran este punto. Santa Anna le mandó a mediodía al Batallón Activo de San Blas con 400 efectivos bajo las órdenes de su jefe, el teniente coronel Felipe Santiago Xicoténcatl. Este contingente castrense tenía una larga historia y no era la primera batalla que protagonizaba contra los estadunidenses.




El batallón pasó revista por primera vez el 1 de febrero de 1825 en la ciudad de Tepic. Comenzó como un cuerpo de guardacostac acantonado en el puerto de Mazatlán e intervino en diversos levantamientos armados durante nuestros primeros años de vida independiente.




El 30 de marzo de 1846, el presidente interino de la República, general Mariano Paredes y Arrillaga, reformó al batallón para transformarlo en una corporación denominada Tercero de Línea, que acudió a la defensa de Monterrey en septiembre de aquel año. Al caer dicha ciudad, las Guardias Nacionales y el Ejército fueron retirándose hacia el centro de la República, es así como los miembros del Batallón de San Blas lucharon en la batalla de Cerro Gordo, Veracruz, contra el invasor estadunidense el 17 de abril de 1847.




El 1 de julio siguiente, Santa Anna, con el cargo de presidente interino de la República, restableció al Batallón Activo de Guardacostas de San Blas. En el decreto respectivo se indicaba que dicha compañía se había extinguido por haberse veteranizado, cambiando su nombre por el de Tercer Regimiento de Infantería, sin embargo, a partir de ese momento, éste conservaría su antigua organización y forma. El 6 del mismo mes, se nombró al teniente coronel Felipe Santiago Xicoténcatl comandante en jefe de las cuatro compañías del batallón.




Poco se sabe del nacimiento de este héroe. El libro: El Coronel Felipe Santiago Xicoténcatl y la batalla de Chapultepec, 1847-1947, afirma que fue en Panotla, Tlaxcala, en 1805; se presume, además, que provenía de una familia descendiente del héroe tlaxcalteca Xicohténcatl Axayacatzin. Inició su carrera militar en la Guardia Nacional, seguramente en el Batallón de Tlaxcala que tomó parte en la guerra de Independencia. El 9 de octubre de 1829, el entonces presidente Vicente Guerrero, lo nombró teniente de infantería del Ejército. Después ascendió a capitán permanente en 1832 y a teniente coronel en 1833.




Sobre su trayectoria, el libro citado explica que: “La carrera militar de Xicoténcatl siempre se desarrolló con un mando de tropas, y se manifestó esplendente por un completo apego al deber y por la continuación de acciones distinguidas que le valieron prestigio y el honor de que frecuentemente fuera citado como ejemplo por sus superiores”.




Desde 1832 peleó en el ejército bajo las órdenes de Santa Anna. Se mantuvo fiel al gobierno. Tomó parte importante en la pacificación de los Departamentos de Yucatán y Tabasco durante sus guerras intestinas. Fue el primer ayudante del Batallón Activo de Oaxaca y del Batallón Activo de Lagos, para finalmente ser nombrado en 1847 jefe del Batallón Activo de San Blas, puesto que ocupó hasta su muerte.




Regresando al 12 de septiembre de 1847, en Chapultepec, los cuerpos de defensa recibieron al atardecer una orden de retirada. Al respecto, el general Santa Anna cometió un error de táctica, pues giró la orden sin dar aviso al Comandante en Jefe de Chapultepec y al Jefe del punto a cuyas órdenes habían sido puestos.




Al finalizar el día, después del bombardeo de 13 horas, el castillo y sus fortificaciones estaban altamente deteriorados por la artillería estadunidense. Sólo lo resguardaban 215 hombres ubicados en el bosque, 374 en la glorieta y demás puntos bajos y avanzados, y 243 en el interior del edificio.




El día 13 se reanudó el ataque a las 8 de la mañana. El ejército estadunidense formado en tres columnas, no tardó en ocupar el bosque y en trepar las laderas del cerro.




José María Roa Bárcena, en su obra Recuerdos de la invasión norteamericana, narra que el general Scott lanzó las compañías del mayor general Pillow al Poniente, partiendo de los Molinos y sostenidas por todas las fuerzas de la división de Worth. Por el Sur envió a la división del general Quitman, apoyada con la brigada Smith de la división Twiggs. La columna de asalto del capitán Mackenzie se había unido desde temprano a Pillow.




Frente a estas columnas que avanzaban sobre Chapultepec, el general Bravo pidió refuerzos al Ministerio de Guerra, al general Santa Anna y a los generales Rangel, Peña y Barragán, permaneciendo éstos inactivos en las calzadas inmediatas. La falta de órdenes del presidente hizo que aquellos generales no se atrevieran a obrar por iniciativa propia.




Vista la desorganización durante los primeros momentos de lucha, Santa Anna le ordenó a Xicoténcatl, junto con el Batallón de San Blas, menos una compañía, que acudiera al castillo para ayudar al general Bravo. Sin embargo, no pudieron llegar a la cima y el batallón se batió con el enemigo en la falda y en la pendiente del cerro; eran 400 mexicanos contra 1000 estadunidenses al mando de Pillow; no obstante, por momentos colocaron en aprietos a Pillow, quien tuvo que solicitar refuerzos a Worth.




El Batallón de San Blas luchó hasta desaparecer casi por completo. Sólo 20 soldados sobrevivieron, sin jefe, sin oficiales y sin municiones. El coronel Xicoténcatl fue herido por 14 balas cuando se dirigía a salvar la bandera de su batallón; después, fue recogido por algunos soldados. Hasta hoy se conserva el lábaro impregnado con su sangre.




Chapultepec se perdió y la Ciudad de México cayó en manos extranjeras. Sólo el recuerdo de los héroes batidos en combate quedó en la memoria de los sobrevivientes. En 1853, cuando Santa Anna volvió a ocupar la presidencia, dedicó un homenaje a la memoria del Batallón de San Blas, elevando de grado a Felipe Santiago Xicoténcatl, de teniente coronel a coronel por sus heroicas muestras de valor en su último combate.





El Batallón de San Blas fue disuelto por decreto oficial el 23 de octubre de 1855.

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Re: Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

Mensaje por ivan_077 el Febrero 12th 2015, 23:29

DECLARACIÓN DEL GENERAL MARIANO MONTERDE SOBRE LA DEFENSA DEL CASTILLO DE CHAPULTEPEC
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DECLARACIÓN DEL GENERAL MARIANO MONTERDE SOBRE LA DEFENSA DEL CASTILLO DE CHAPULTEPEC

Mensaje por Xicoténcatl el 17/4/2012, 1:29 pm
Tomada del libro Documentos históricos sobre la defensa de Chapultepec. 13 de septiembre de 1847, Comisión Organizadora de los Homenajes del CL Aniversario de los Niños Héroes, México, Secretaría de Gobernación, Archivo General de la Nación, 1997, p. 45-57. El original se localiza en el Archivo General de la Nación, Archivo de Guerra, Vol. 273, fs. 39-41v.

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DIRECCIÓN DEL

Colegio Militar

y

ESCUELA DE APLICACIÓN




Tengo el honor de contestar al oficio de Vuestra Señoría fecha 11. del presente, informandole, según mí clase, de los acontecimientos havidos en la rendición de Chapultepec el 13. de Septiembre del año pasado por las tropas Americanas y demás á que se refiere su citada nota muy particularmente sobre la conducta que observo el Excelentísimo Señor General de División Benemérito de la Patria Don Nicolas Brabo Gefe que fue de aquel punto y de quien por razon de mi antigüedad fui nombrado su 2° en dicha funcion de armas, y es como sigue.




Habiendoseme prevenido la noche del 12 Septiembre dicho, que de orden suprema marchase á Chapultepec para ser empleado en la defensa de aquel punto, partí de luego en union del Señor General Don Juan Dosamantes quien llevaba el mismo destino, así el Señor General Don Luis Noriega; que después de presentados los tres á Su Excelencia el Señor General Brabo nos dirijimos á reconocer el perimetro de la fortificación alta que circunda al antigüo Palacio de los Vireyes, en la que observe descansaba al pie del parapeto una fuerza como de doscientos hombres de infanteria repartida en pequeños grupos distantes unos de otros: que respecto de la Artillería allé que dos piezas de á 24. estaban inutilizadas, una por haverse reventado y la otra por estar rotos los afustes, por lo que solo quedaban disponibles dos del mismo calibre, una de á 8, tres de á 4, un obus de á 68, otro de á 24 y dos de montaña de á 4: que los proyectiles del enemigo havían hecho grandes estragos en lo interior del edificio que nadie havitaba, siendo de notar que aun se havía quitado la madera que yo havía hecho colocar dias antes en dos claros de las ventanas, para hacer transitable sin riesgo, el paso de la tropa á la asotea, la que no habiendo sido cubierta en su totalidad con al blinda necesaria en todo el techo hacía inseguro aun el piso bajo por el desenso de las vombas: que en las piezas del mirador destinado para Hospital de Sangre se hallaban mesclados los cadaveres ya corruptos con los heridos y los Alumnos del Colegio, presentando aquello el cuadro mas triste, pues se carecía aun de los facultativos y botiquin destinados á aquel punto el que cubierto todo de escombros y amenazando ruina por el fuego, que havía sufrido, anunciaba de luego el dia que debía esperarse, por los ningunos aprestos con que se contaba, pues queriendo aprovechar cinco horas que faltaban para amanecer, busque madera, sacos á tierra, cordeles y gente que trabajase en reparar lo arruinado y presentarce el enemigo nuevos el enemigo nuevos obstaculos con los atrincheramientos que es lo que en casos tales está prescrípto para la defensa de un punto fortificado, y que tanto alienta al defensor como hace desmayar al que ataca; mas todo fue inutil, por que nada encontre.




En este estado miserable y de aislamiento amanecio el funesto dia 13, y á las cinco y cuarto de la mañana, el enemigo comenzo su ataque por vombardeo, causando á cosa de dos horas, la muerte al Señor General Don Juan N. Perez, 2° que fue de la Brigada del Señor General Leon. El estrago de los proyectiles intimidaba á la tropa; pero el al Señor General Brabo con su espada desnuda lo vi alentarla y obligarla á que permaneciere en el lugar que s ele había señalado.




Su Excelencia había tenido la voluntad de manifestarse que el Excelentísimo Señor General Presidente Benemerito de la Patria Don Antonio Lopez de Santa Anna al pedido que la noche antes le havía hecho de tropa, le havía contestado que la tendría al amanecer, y cuyo pedido había pedido de Oficio.




Llegada la hora del asalto, emprendido como era natural por la parte del Oeste por ser la mas accesible, en la que con anterioridad me havía cituado con la sección de Ingenieros al pie del llamado Caballero Alto, y á donde el Señor General Brabo venia con continuacion, por que sin cesar recorria todo el perímetro de la fortificacion y observava con serenidad los movimientos del enemigo, vino pués a dicho punto á dar sus ordenes para que el oficial que devia dar fuego á las fogatas estubiese listo pues se aproximaba el momento de volar el terreno por donde debia asaltar el enemigo que á poco se poseciono de el. En este instante adverti que alguna tropa del Batallon de San Blas llegaba de fuera, la que solo pudo subir hasta el termino de la primera rampa donde se vatio con el enemigo pereciendo con su valiente Gefe Xicotencatl,i esto sucedia á cosa de las 9 ½ de la mañana y el Señor General Brabo presenciándolo todo vino hacia mi para advertirme que el fuego que con actividad se hacía sobre el enemigo no dañase á la tropa dicha que subia, mas satisfice á Su Excelencia con que la direccion en que se apuntaba sostenia nada menos que los fuegos de los de San Blas que todos havíamos visto: firme dicho Señor General Brabo en aquel punto de mayor peligro en que solo havía unos veinte y sinco hombres á las ordenes del Señor General Don Juan Dosamantes, quien recibio en el pecho una legera herida de vala, mando armar al bayoneta á aquel piquete para resibir al enemigo y este dado el asalto, perdi de vista en al refriega al referido Señor General Brabo á quien tube por muerto. En tal estado pude reunir unos diez hombres y subiendo á lo alto del edificio los coloqué en los balcones, en cuya operación se empleo igualmente el Señor General Saldaña; pero subiendo el enemigo á pocos instantes fuimos ambos hechos pricioneros y conducidos por un oficial á una pieza baja, destinada antes del Oratorio á los Alumnos, donde estaban ya presos otros compañeros de desgracia.




La idea que tenia de que el Señor Brabo habia parecido me la avivo por un momento el triste espectaculo de traer á mi presencia en una manta al Teniente Coronel Don Juan Cano que moribundo se hallaba atrabesado por los costados por bala de rifle y quien murió a las 9. de aquella noche.




Pasadas algunas horas solicite del Señor General Pillorr se nos llebase á los Generales y Gefes á donde se hallaba el Señor General Brabo y conseguido esto al vernos revosó en nuestros semblantes aquel placer grato á al ves que doloroso por lo que nos havía pasado.




El punto de Chapultepec se ha defendido con entusiasmo y con valor con un puñado de hombres, sus obras requerian la fuerza necesaria para cubrirlas y las vocas de fuego para alejar al enemigo. Las alturas y las asoteas que debieron estar cubiertas con infantería para sostener el fuego de Artillería del Oeste no hubo disponible un solo soldado que destinar á aquel lugar que habria sido tan conveniente por la relacion que guardaba esta dominacion con lo general de la defensa. Esta falta de tropa hiso que no se cubriesen las obras del cerro. Basta calcular el perimetro del parapeto principal que es de uan ochocientas varas, para convenir que con doscientos hombres solo podia acudirse en fracciones pequeñas á los puntos más importantes, que todos lo heran, y por consiguiente lo mas estaba descubierto, pues se necesitaban de mil seiscientos hombres para dicho parapeto, y para la asotea lo menos trescientos á mas de una pequeña reserva, esto es respecto de la altura, pues que las obras esteriores é interiores del vosque pedian mayor numero de tropa.




Chapultepec no es ni ha podido ser una fortaleza sino una quinta ó citio de recreo de los Vireyes, por consiguiente ni su forma, ni su rovustes son para resistir un ataque en regla, y mucho menos siendo accesible en todas direcciones á la ves que aislado, por lo que carece de las defensas de flanco, que es el ser de toda obra de fortificacion. El arte tubo que suplir la rovustes, cubriendo sus techos con blindas que recistiesen el desenso de los proyectiles: la falta de vovedas para poner á cubierto la tropa durante el vonvardeo se quizo suplir con otra blinda inclinada que rodease todo el edificio, la que quedo incompleta así la de los techos y claros de las ventanas, esto es devido á la fatalidad que nos persigue, más el Excelentísimo Señor General Brabo llevo sus deveres mas alla de lo que previene la ordenanza: ella declara por acciones distingüidas al vatirse con un tercio menos de gente en ataque ó reterida, el defender un fuerte hasta perder entre muertos y heridos la mitad de la gente. ¿Que calificacion no merecera el servicio de este Señor General que no teniendo con que recistir á un ejercito respetable, y perdiendo lo poco que le dejan, se sontiene al ultimo con solo veinticinco hombres y ni capitula, ni pone una enseña de que se rinde, si no que impavido espera la muerte despues de sufrir un fuego de cinco horas? No hay Ley que obligue a un militar á tanto y este caso estraordinario en los anales de la guerra, no puede menos que llamarse heroico.




Mi dicho en este particular pudiera tenerse por principal por que al fin como actor en esta escena debe ser participe de las maldiciones, ó del elogio y aprecio de mis conciudadanos; mas yo apelo al honrroso saludo de los Señores General Escottii y Pilloriii dirijido al Señor General Brabo y á los que tubimos el honor de estar á sus ordenes, cuyas palabras honorificas no las prodigan tales personas á los cobardes, ni menos les dispensan tantas consideraciones, las que son devidas precisamente al honor y al valor, de manera que el repetido Excelentísimo Señor General Brabo en la defenza de Chapultepec, puede decir con Francisco 1° “Todo lo hemos perdido, menos el honor” .




Es cuando puedo decir á Vuestra Señoría en contestacion al interrogatorio que antes he espresado, reiterandole á la vez las concidenraciones de mi aprecio.




Dios y Libertad. Mejico, Marzo 24 de 1848.

Mariano Monterde Rúbrica




Señor General Don Antonio Diez Bonilla
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"No hay mas diferencia entre los hombres que el vicio o la virtud" Jose Maria Morelos y Pavon.

No hay raza inferior; solo hay sujetos inferiores
Bendita se la muerte, porque a nadie le concede lo que no les da a todos los demas;alabada sea la muerte que se yergue piadosa ante el hombre que ha cumplido su deber.
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ivan_077
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Re: Del Alamo y la Guerra con Tejas a la Guerra con Estados Unidos.

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